Cada usuario de teleasistencia pulsa el botón de alarma cinco veces al mes

Es la media que hace Cruz Roja, que detecta que muchas de las llamadas de mayores son para evitar la soledad y poder charlar


pontevedra / la voz

La teleasistencia, ese sistema con un colgante de plástico que muchas personas -habitualmente mayores que viven solos o pasan mucho tiempo al día sin compañía, pero también jóvenes con problemas de movilidad o de cualquier otro tipo- llevan al cuello y que solo con pulsarlo conecta con una centralita de emergencias, cada vez tiene más usuarios. La entidad pionera en contar con ese dispositivo fue Cruz Roja. Desde la delegación pontevedresa de esta oenegé cuentan que actualmente hay 2.812 usuarios de teleasistencia en la provincia y que, por el volumen de llamadas que hacen, está claro que el servicio les es de utilidad. Así, en el mes de marzo realizaron 11.795 pulsaciones. De media, cada usuario pulsa el botón de emergencias cinco veces al mes.

¿Por qué hay semejante volumen de llamadas? ¿Todas están relacionadas con caídas u problemas que puedan sufrir los mayores y que requieran atención sanitaria? Realmente, no. Silvia Abelleira, trabajadora social de Cruz Roja, explica lo siguiente: «Detectamos que moitas das chamadas son porque se equivocan. E tamén hai un volume importante de pulsacións para pedir asesoramento, dende como facer para acudir a unha cita médica a dúbidas cos medicamentos pasando por consellos para solicitar unha residencia».

Bastantes llamadas, según Abelleira, son para evitar la soledad y charlar. Si Cruz Roja lo detecta, pasa a la acción: «Se vemos que hai unha persoa que está chamando porque quere falar derivámola a outro servizo e, ou procuramos que vaia visitala unha voluntaria, ou, se ten mobilidade e se anima, intentamos facela partícipe das actividades na nosa sede». En el caso de Cruz Roja, cobra 25 euros al mes -27 si no hay teléfono fijo- al usuario. Los dependientes, pagan cinco.

«A min o colgante xa me salvou de quedar tirada no chan, porque se caio non me levanto»

Ana Villar, canguesa de 83 años que reside en Pontevedra, tendría unos cuantos motivos para estar un poco enfadada e incluso algo triste. No en vano, ella, que usa un andador, y su hijo Ricardo -con una discapacidad intelectual- tuvieron que dejar su casa e irse de alquiler porque no había forma de que en su edificio se pusiese un ascensor. «Subía as escaleiras chorando por culpa da osteoporose», cuenta. Además, vio enfermar y morir joven a su marido, afectado por párkinson. Sin embargo, Ana ni está enfadada ni triste. Recibe con una vitalidad y un humor envidiables y pone blanco sobre negro. «Viviamos en Lourizán e agora vivimos en Pontevedra, estamos de marabilla, aquí teño o meu ascensor e non choro nas escaleiras. Xa non pido máis», explica.

Aunque su hijo Ricardo le hace compañía y otra hija la visita diariamente, hace ya tiempo que Ana decidió colgarse al cuello el medallón de Cruz Roja, el de la teleasistencia. Dice que le da tranquilidad. Y cuenta su experiencia: «A min o colgante xa me salvou de quedar tirada no chan, porque se caio non me levanto. Caín un día e chamei e viñeron enseguida para atenderme. Outra vez tamén o usei porque me puxen mala e acabei perdendo o coñecemento. Menos mal que puiden pulsar o botón antes e avisarlles para vir», dice. No se separa del medallón. «Cando durmo, como moito, póñoo na mesa ao meu lado... sempre o teño cerca», dice. Se ríe luego indicando que Nebra, su perrita, también se empeña en dormir pegada a ella.

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