Un siglo de «fake news»

Se cumple un siglo del final de la primera Guerra Mundial, en la que los periódicos fueron un frente de noticias falsas


No existía Facebook ni Cambridge Analytica. Nadie tuiteaba ni enviaba memes por Whatsapp. Pero la Primera Guerra Mundial fue el primer gran campo de batalla de las noticias falsas. La propaganda de las potencias en conflicto llegó hasta a los periódicos y Galicia no fue ajena al fenómeno. De hecho, varios medios rivalizaban descaradamente por sus simpatías germanófilas o aliadófilas, pese a que España se mantenía neutral en la contienda. Las embajadas de Alemania, Francia, Inglaterra o Rusia tuvieron, en aquellos años de 1914 a 1918, presupuestos especiales dedicados a publicar libelos y a comprar a periodistas y medios. Por ejemplo, en los dos primeros años de contienda, el servicio secreto francés se gastó en España 300.000 francos en este concepto. Era una fortuna para la época, pero palidecía ante el presupuesto destinado por Alemania a lo mismo, con una cifra seis veces mayor.

El objetivo de estas campañas era atraer las simpatías del pueblo, y de sus políticos, hacia uno u otro bando. Y, eventualmente, conseguir romper la neutralidad de España y que tomase partido por uno de los contendientes: la Triple Alianza o la Triple Entente. Está documentado que algunos periodistas estaban a sueldo de las potencias en conflicto. Es el caso de Ramón Pérez de Ayala, que publicaba en ABC y El Imparcial artículos a favor de Inglaterra, por los que recibía mensualmente 750 pesetas de los servicios secretos británicos. Y los franceses presumían de que controlaban cien periódicos regionales y locales en España, entre ellos El eco de Galicia, editado en A Coruña.

En la calle del Príncipe, en el Café Suizo, inaugurado en 1875 y que todavía existía al menos en 1914 (hay una postal circulada con sello que lo indica), los vigueses se desayunaban con las noticias prefabricadas que hablaban de los supuestos éxitos bélicos de uno y otro bando. Las agencias de noticias también jugaban su papel. Los alemanes apostaban por el «gratis total» y servían los contenidos de la agencia Wolf sin cobrar a los periódicos por ellas. Aunque estas informaciones estaban cocinadas desde Berlín, no eran menos honorables que las que ofrecían agencias de prestigio como la británica Reuters y la francesa Havas. Como es sabido, la primera víctima en cualquier guerra es la verdad.

Al igual que los periódicos, los intelectuales de hace un siglo estaban divididos con la guerra. Ortega y Gasset era el mayor partidario de Alemania, mientras Unamuno estaba en el bando contrario. Los pocos que defendían la neutralidad del país lo hacían básicamente porque pensaban que ayudaba a los germanos, pues al fin y al cabo se beneficiaban bajo cuerda de la abstención de España en el conflicto. En general, todos tomaban partido y la neutralidad era criticada como un síntoma de debilidad. Mientras tanto, el rey Alfonso XIII sabía que su única oportunidad para pervivir y para que la monarquía continuase era mantenerse al margen. Una guerra en aquel momento habría desatado todas las tensiones larvadas en el país y muy probablemente habría terminado con España constituida en república.

Espionaje y neutralidad

Para contener la propaganda de uno y otro bando hace un siglo, en 1918, el Gobierno publicó una ley mordaza. La bautizaron como Ley contra el Espionaje y de Defensa de la Neutralidad, que imponía cárcel o multas de hasta 20.000 pesetas para quien facilitara informaciones a agentes extranjeros. También se impuso la censura previa en los periódicos, algo que desató el malestar de La Voz de Galicia, según afirma la investigadora Mercedes Román Puertas. Tras una tensa reunión con el gobernador civil de A Coruña, la dirección del periódico decidió publicar la lista de temas prohibidos, que incluía «nada referente a movimientos de tropas, ni de buques nacionales o extranjeros, ni noticias relativas la exportación a países beligerantes». La Voz, cuya línea editorial evidenciaba sus simpatías por los aliados, se rebelaba contra la ley con la propia publicación de la orden censora. «La Voz al publicarlas decía que así los lectores comprenderían si esos días había alguna deficiencia informativa. Y con cierta ironía comentaba que con excepción de todo eso, se podía hablar de todo lo demás», explica Román.

De aquella manera, La Voz se rebelaba contra la censura. Y lo hacía con la única herramienta de que disponía: contando a sus lectores qué temas estaban censurados, para que pudiesen poner en cuestión aquellas notas que leían y que, en muchas ocasiones, estaban dictadas desde el gobierno. En resumen, hace un siglo vivimos un tiempo de «fake news». Sin Facebook, sin Cambridge Analytica y sin memes de Whatsapp. Pero con el mundo empeñado en contar mentiras, como sucede en todas las guerras.

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