El secreto de A Cantareira

Es la cala más alejada del embarcadero de Rodas y una gran zona para la cría de pulpo

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Amigos da terra vigo@tierra.org

El reto de hoy es difícil. Invitarles a descubrir un lugar poco conocido en las islas Cíes. En este caso, resulta irrelevante indicar carreteras de acceso y coordenadas de partida. Embarcadero de la playa de Rodas y rumbo norte a partir de la caseta de información. Ni a propósito nos perderíamos. Tomamos rumbo al alto do Príncipe aunque nada más iniciar el camino vale la pena desviarse hacia la playa de Figueiras para contemplar una hermosa mata de camariñas, en tiempos tan abundante en el litoral y hoy recluida en tan pocos lugares. La reconocerán porque su ubicación está delimitada por una pequeña cerca de protección.

Retomando la ascensión será buen momento para ver la repoblación de eucaliptos y acacias y reflexionar sobre algunas ironías de la vida, como ver semejante destrozo ecológico en lo que se considera un paraíso natural, aunque bien es cierto que lo que vemos es digno de la socorrida frase de la herencia recibida. Tras una breve caminata llegaremos a un cruce de caminos con varias opciones. Podemos subir al alto do Príncipe (las vistas valen la pena, y la precaución también) o bien, que ambas cosas son complementarias, descender hacia la zona del campo de trabajo, que es nuestro destino. Nos encontramos en las que fueron las escasas tierras de cultivo de Cíes. Era la zona más abrigada, llana, y con aporte de agua para riego. Aún podemos ver los muros que delimitaban las fincas. En esta zona empezaron hace unas décadas las labores de restauración de la vegetación autóctona, en las que predominaba de todo menos los árboles, y que combinando criterio científico y un poco de creatividad se fueron plantando diferentes especies que hoy tienen un porte estimable.

Nuestro camino nos llevará a las puertas del campo de trabajo. Es un campo de voluntariado en el que jóvenes de distintos países colaboran en tareas de información y conservación al mismo tiempo que las conocen en profundidad y, de paso, ahorrando al parque nacional contratar algunos puestos de trabajo de refuerzo en verano. Si les pedimos permiso seguramente nos dejarán atravesar su campamento. Aquí debemos hacer una parada obligatoria. Les sorprenderá ver una pequeña escultura en la explanada del campo representando a un «sireno» que, en tiempos, acogía en sus brazos una herba de namorar. Queda pendiente el compromiso de contarles por qué, y en memoria de quien, se puso esa escultura. Y así llegaremos a la pequeña playa de Cantareira y comprobaremos al primer vistazo lo adecuado de su nombre pues se trata de una acumulación de cantos rodados. Aquí llegó una buena mancha de chapapote del Prestige y recordamos como el verano siguiente nos lo pasamos limpiando a mano piedra a piedra. Tres factores influyen en que sea la playa menos conocida de las islas: es la que queda más lejos del punto de desembarque, apenas tiene zona seca con la marea alta y sus granitos de arena del tamaño de balones de balonmano no son muy cómodos para tumbarse a tomar el sol.

Descartando su atractivo para los veraneantes de sol y playa podríamos centrarnos en sus valores naturales que son (en el caso de Cíes en particular debería ser, aunque no lo es) la principal motivación para nuestra visita. Nos encontramos ante una playa fósil de la que vemos solamente su parte contemporánea, pero si nos fijamos con atención en el camino de acceso a Cantareira descubriremos una cimentación rojiza. Son los vestigios de la playa original con su arena compactada por los siglos. Llegados a este punto es imposible resistir la tentación de meterse en el agua. Les recomendamos precaución pues a diferencia del resto de playas de Cíes en Cantareira los fondos son rocosos y ese detalle explica su extraordinario valor ecológico. Sin mayor esfuerzo ni equipo especial podremos ver un catálogo completo de flora y fauna marina que supera con creces el lago que una Faro y Monteagudo. Estamos a las puertas de la zona marítima que representa la mayor zona de cría de pulpo las Rías Baixas, aunque el parque nacional decida ignorarla. Recuerden que como en cualquier espacio natural y especialmente en un parque nacional, debemos respetar todo lo que encontremos sin llevarnos nada y nada, excepto nuestras huellas, procurando pisar levemente, deben quedarse allí tras nuestra visita.

Adiós a las xestas

De presencia tan común, parecerá poco importante que les invitemos a ver una humilde xesta (Cytisus striatus) pero las cosas deben ponerse en su contexto. En Cíes, es una especie al borde de la extinción. Poco más de una docena en la isla Sur, y un único ejemplar en Monteagudo, este, tras la muy previsible muerte del otro que vivía en la isla del Faro. Tan común en el continente y tan escasa en las Cíes es una paradoja que tiene que ver con la insularidad y el uso y abuso del territorio a lo largo de años que destrozó su naturaleza original. Por supuesto, en el borrador del plan de gestión del parque ni se menciona este ejemplar de Monteagudo. No vaya a ser que alguien piense que la prioridad de dicho plan es conservar la naturaleza.

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