Entre ruinas de piedra y huellas de visón

Nos sobrevolarán las águilas ratoneras y con suerte veremos el paso fugaz de un azor, además de libélulas


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Hoy nos vamos de molinos, rutas que abundan pero quizás la que les proponemos sea de las menos conocidas. Se trata del sendero de pequeño recorrido PRG102, Muiños de Río Maior, en Vilaboa. Nuestro punto de partida no tiene pérdida: cruzamos el puente de Rande dirección Vilaboa y seguimos la N-554 hasta llegar al límite entre Santa Cristina y San Adrián de Cobres en donde veremos un enorme y feo viaducto de la AP-9 (42º 20’ 14.3» N - 8º 40’ 24.2» W). Bajo el mismo está la casa da cultura de Riomaior y aquí empieza nuestra caminata. Aunque en un par de ocasiones tendremos que cruzar alguna carretera nuestro camino es el sendero natural que discurre en paralelo al río, que cruzaremos varias veces gracias a varios puentes (ojo, en algún caso resbaladizos) de madera.

El sendero está bien señalizado y cuenta con paneles informativos. A pesar de su imponente nombre el río Maior no se caracteriza, excepto en época de lluvias, por tener un caudal extraordinario pero siempre, incluso en las peores sequías, mantiene un aporte de agua constante, eso unido a su pendiente lo hicieron especialmente apreciado para instalar molinos, hasta el punto de que en un tramo tan corto, de apenas dos kilómetros y medio, pasaremos junto a más de treinta y cinco molinos y superaremos un desnivel de ciento cincuenta metros.

Dichos molinos se encuentran en su mayoría restaurados gracias al trabajo de la escuela taller del concello de Vilaboa, aunque encontraremos algunos en ruinas y en algún caso costará adivinar su existencia de la que apenas quedan unos pocos restos reutilizados de forma tan incomprensible como irrespetuosa (veremos una antigua piedra de moler usada como peldaño de una escalera). Nuestro entorno tendrá tres partes bien diferenciadas: al principio discurre en paralelo a las tierras de cultivo en donde podemos ver ese mosaico de pequeñas leiras, un ejemplo de agricultura sustentable y que en buena medida aportaba la materia prima de las muiñadas y que actualmente apenas, salvo algo de maíz, se destinan a tal fin. El siguiente tramo a medida que ascendemos será el bosque de ribera, una de las últimas autopistas verdes por las que la naturaleza todavía puede transitar y que concentran la mayor biodiversidad de flora y fauna, y finalmente en el curso alto los monocultivos de especies exóticas irán gradualmente ganando el espacio.

Con la ventaja que nos da el suelo blando del borde del río no nos costará encontrar huellas de ginetas, teixugos, visón (americano) raposo, erizos etcétera acompañados por egagrópilas (bolitas de pelo que regurgitan las rapaces nocturnas y que en su interior contienen los huesos de sus pequeñas presas) de lechuzas, cárabos y mochuelos. Todo ello nos indica que en el crepúsculo este lugar es un festival de bichería.

De día veremos una buena mezcla de aves forestales y granívoras, nos sobrevolarán las águilas ratoneras (con suerte veremos el paso fugaz de un azor) junto a la presencia de las libélulas y una población de anfibios que, por cierto, está en serio declive. Los reptiles encuentran en los viejos muros de los molinos su hábitat ideal y no les sorprenda cruzarse con algunas amables, e inofensivas, culebras en las zonas más soleadas. La flora es muy variable intercalando los frutales en el curso bajo (que tienen dueño, por favor, no roben fruta y respeten las fincas particulares) y poco a poco se transforma en bosque de galería presidido por amieiros y salgueiros con alguna excepcional sobreira, vidueiros, carballos y el resto de la representación lógica de juncos, helechos y demás plantas vinculadas al agua.

El aroma de la menta nos irá acompañando junto con sus primas herba luisa y hortelán. Poco a poco se termina el espectáculo bonito y llegaremos al territorio de los eucaliptos y acacias negras que a su condición de exóticas e invasoras añaden la involuntaria alianza del curso fluvial que contribuye a llevar sus semillas río abajo y facilita su expansión. Nuestra ruta termina en el muiño de Miguel Lois y llegados a este punto podemos regresar por el mismo camino o continuar la ascensión, mucho más complicada, que nos llevaría hasta el lago Castiñeiras y el parque de Cotorredondo. Un ejemplo de cómo la desidia de las administraciones y reinos de Taifas pueden arruinar un espacio único que les presentaremos otro día.

La desembocadura del río está plagada de calas, una especie invasora

Su nombre científico (Zantedeschia aethiopica) quizás no les diga nada, pero se trata de las calas, estas enormes plantas con enormes flores blancas con forma de cáliz que recuerdan a los cirios de las procesiones y que tanto se plantaron en los jardines hasta que decidieron escaparse. Demasiado tarde nos dimos cuenta de que son una especie invasora y la desembocadura de río Maior es un buen ejemplo de su expansión. Estando todavía muy localizadas y en una superficie abarcable sería interesante platear su eliminación, antes de que sea tarde, y reponer la vegetación autóctona.

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Entre ruinas de piedra y huellas de visón