Danzas rusas


Hace tiempo que no veo un ballet ruso por aquí. Por lo menos hace diez días que una compañía estepeña (siberiana, no de la sevillana de los polvorones), no se deja caer con sus giselles, sus lagos de cisnes y don quixotes. Mosquea un poco que lleguen hasta esta esquina del planeta tantas compañías de danza. En los últimos seis meses ya llevamos más de media docena. Lo curioso es que muchas llenan los teatros. No porque supuestamente no seamos una ciudad que tenga especial aprecio por este arte universal. Tampoco por lo contrario. Pero nos va más el folclore y la ensaladilla que los pas de deux, glissades, pas de couru o coupes. Sin embargo, las productoras de espectáculos están empeñadas en venderles a los gestores culturales paquetes de actuaciones de gente en leotardos. Se han propuesto que vayamos al ballet. Por algo será. Nada que objetar. La danza es una de esas maravillas que solo algunos humanos son capaces de ejecutar con gracia.

Ahora bien, estamos deseando que esas empresas aireen un poquito esos paquetes de entretenimiento global que huelen a rancio, como cuando traían compañías de ópera y a los barítonos y a las sopranos se les veían las zapatillas de deporte debajo de unos trajes que no eran de su talla.

Va siendo hora de que los empresarios del showbusiness nos den una tregua, que amplíen catálogo y fronteras. Que, por favor, dejen de acercarnos cultura enlatada. Para esos mimbres es mejor la frescura de un grupo de principiantes de una escuela de Odense (Dinamarca). El folclore escandinavo viene a cuento. Allí nació Hans Christian Andersen y El soldadito de plomo es de repertorio.

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