Periódicos en guerra

La propaganda fue un arma clave en la I Guerra Mundial y se usó en Galicia en medios convencionales y libelos


Vigo / La Voz

La I Guerra Mundial también se libró en la propaganda. Y los medios gallegos estuvieron en primera línea del frente, en un conflicto en el que la población seguía las noticias, dividida entre la Triple Alianza y la Triple Entente. Dicho con palabras llanas: entre partidarios de Alemania y de Inglaterra. Entre 1914 y 1918, los panfletos propagandísticos circulaban por Galicia, junto a las informaciones pagadas bajo cuerda en los diarios para apoyar a uno u otro bando.

El espionaje en Galicia convirtió la información en frente de guerra, tanto en periódicos convencionales como a través de la edición de libelos en el idioma del enemigo para difundir noticias falsas o minar su moral. Los agentes secretos se dedicaron con ahínco a ello, al igual que a influir o pagar a los periodistas para que defendiesen la causa de su país o para que España rompiese su neutralidad. En los dos primeros años, el servicio secreto francés se gastó en España 300.000 francos. Pero esto supone poco comparado con Alemania, que se dejó una cifra seis veces mayor en pagar a medios de comunicación.

Manipular a la opinión pública era un objetivo prioritario. Cada bando intentó condicionar la línea editorial de numerosos diarios en España, donde los periodistas se convertían, a cambio de dinero, en encendidos aliadófilos o apasionados germanófilos. Ramón Pérez de Ayala, por ejemplo, publicaba en ABC y El Imparcial artículos a favor de Inglaterra, por los que recibía mensualmente 750 pesetas de los servicios secretos británicos. Por su parte, los franceses llegaron a controlar casi cien periódicos regionales y locales, entre ellos El eco de Galicia, que se editaba en A Coruña. Los alemanes tenían también redactores a sueldo bajo cuerda, además de que servían gratis, a todos los diarios españoles, el servicio de la agencia de noticias Wolf, completamente manipulada por Berlín. Con ello conseguían contrarrestar la propaganda en forma de noticias a menudo falsas que ofrecían la agencia británica Reuters y la francesa Havas.

La intelectualidad estuvo dividida en dos bandos. Apenas había partidarios de la neutralidad pura. Si algunos la defendían era porque creían que podía beneficiar a Alemania, impidiendo a los aliados recibir materias primas desde España.

Ortega y Gasset, por ejemplo, era un germanófilo convencido, que había proclamado: «La verdad es un producto germánico». Mientras, en el extremo opuesto, Unamuno presidía la Liga Antigermanófila. En el imaginario cultural de la época, Alemania esenciaba los valores conservadores, mientras Francia e Inglaterra convencían a los más progresistas. Casi todos coincidían en condenar la neutralidad española, que era vista como una prueba de la incapacidad del país para defenderse. Este análisis se ajustaba bien a la realidad: Alfonso XIII sabía que no había recursos para combatir pero, sobre todo, temías las consecuencias para su corona de meter a España en una guerra que liberaría todas las tensiones sociales larvadas en su contra.

La magnitud del tejido de espionaje en todo el país terminó por movilizar al Gobierno, que publicó en 1918 la Ley contra el espionaje y de defensa de la neutralidad, que imponía cárcel o multas de hasta 20.000 pesetas para quienes facilitasen informaciones a agentes extranjeros. La norma funcionó también como una ley mordaza, ya que incluía en su censura a los periódicos, a los que se prohibía tomar partido por alguno de los bandos.

La investigadora Mercedes Román Portas ha analizado el malestar que despertó en La Voz de Galicia la imposición de la censura previa. Tras una tensa reunión con el gobernador civil de A Coruña, la dirección del periódico decidió publicar la lista de temas prohibidos, que incluía «nada referente a movimientos de tropas, ni de buques nacionales o extranjeros, ni noticias relativas a exportación a países beligerantes». La Voz, cuya línea editorial evidenciaba sus simpatías por los aliados, se rebelaba contra la ley con la propia publicación de la orden censora. «La Voz al publicarlas decía que así los lectores comprenderían si esos días había alguna deficiencia informativa. Y con cierta ironía comentaba que con excepción de todo eso, se podía hablar de todo lo demás», explica Román.

El espionaje recibió otro golpe cuando el Gobierno promulgó otra norma prohibiendo el abastecimiento de submarinos, e incluso que se publicase en los diarios el movimiento de buques en los puertos, lo que hizo desaparecer esta sección de la prensa gallega. Cuando hoy repasamos las hemerotecas, comprobamos que hasta la información portuaria desaparece de los diarios gallegos hacia el final del conflicto. Y es que la propaganda fue un arma vital en la I Guerra Mundial. Que Galicia vivió en la retaguardia hace poco más de un siglo.

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