Vigo / La Voz

La toma de control del astillero Hijos de J. Barreras por parte de la mexicana Pemex es el último capítulo de una constatación: el Vigo actual ya no es dueño de su tejido económico. En apenas unos años, buena parte de las firmas punteras y estratégicas de la ciudad han pasado a manos foráneas, ya sean chinas (Citic), francesas (Copo), portuguesas (Salfer), suecas (Comunitel), vascas (Vegonsa), catalanas (Hospital Fátima)...

La desaparición del motor financiero Caixanova, de la histórica conservera Alfageme y la incertidumbre que se cierne sobre la multinacional Pescanova, buque insignia del sector pesquero, contribuyen a dibujar un cuadro de la economía de la comarca en estado de shock.

La década de los noventa ya había sido muy dura debido a la pérdida de emblemas como el Grupo de Empresas Álvarez, que se hundió definitivamente tras pasar a manos del valenciano Enrique Tatay; del Banco Simeón, que fue engullido por la portuguesa Caixa Geral de Depósitos; de Corporación Noroeste, que pasó a manos de la también lusa Cimpor; o de La Artística, que compró la alemana Altana. Aun así, nada comparable con la debacle del momento.

Hijos de J. Barreras es una de las señas de identidad de Vigo desde su fundación, en 1892. En circunstancias normales, que el mayor astillero privado de Galicia acabase en manos extranjeras habría suscitado mayor desconfianza, críticas e incluso rechazo. Pero las gradas de la empresa, que entró en concurso en julio del 2011, llevan casi dos años paradas. De ahí que la compra del 51 % del accionariado por parte del gigante mexicano Pemex, que viene acompañada de un contrato y la esperanza de muchos otros, sea vista como un salvavidas. Los nuevos dueños de Barreras apuestan por la transferencia tecnológica que adquieran aquí. ¿Supone eso un peligro? Sergio Gálvez, presidente del comité del astillero, sostiene que «es muy difícil» trasladar los conocimientos y la forma de trabajo del naval vigués a otro país. «No es algo que se haga en seis años», apunta el representante de UGT.

De un sector clave, a otro. La industria de la automoción que pivotaba sobre la francesa Citroën es cada vez menos viguesa. Sobrevive Viza y poco más a pequeña escala. La gala Faurecia se hizo el año pasado con el 50 % de varias filiales del Grupo Copo, la firma que Román Yarza (fallecido hace cinco años) convirtió en una multinacional de primer orden con diez plantas en todo el mundo y que fue referencia durante décadas.

En el 2011, se produjo otra operación de mayor impacto. Una empresa de China compró por primera vez una industria gallega. El empresario y presidente del Celta Carlos Mouriño hizo 43 millones de caja con Citic. La firma de calderería pesada era uno de los grandes referentes gallegos en materia de exportaciones y los asiáticos tendrán la fábrica como punta de lanza para explotar yacimientos mineros en Sudamérica y África. De hecho, le han encargado a la firma viguesa Civisglobal la construcción de una sede en el polígono porriñés.

Otro sector en el que Vigo apuntaba maneras a pesar de no existir tradición era el de las telecomunicaciones. Caixanova apostó fuerte por la gallega R. La primera ya no existe y la segunda, la comió el fondo de inversión CVC Capital Partners. Poco antes la sueca Tele2 compró por 257 millones de euros Comunitel, una operadora viguesa que en pocos años ya fue absorbida por un grupo italiano (Grapes) y otro portugués (ONI). Todo un periplo en manos ajenas.

De la estirpe de Yarza, patrón de la automoción gallega, podría considerarse a Ventura González, fundador y todavía presidente de honor de Vegonsa. El grupo vasco Eroski ostenta el 50 % del capital social de la cadena de supermercados desde hace más de una década. Lo que empezó como una alianza con Constan Dacosta (de origen ourensano) es ahora un nuevo proceso que pilota el nuevo presidente de Eroski, Agustín Markaide.

También ha evolucionado el grupo portugués Ibericar, tras el fallecimiento de su dueño Salvador Caetano. Fue él quien le compró a los Fernández Alvariño la empresa Salfer a finales del 2008. Ibericar, gracias a su amplia red de marcas, domina el sector de los concesionarios en la ciudad. La deuda de la familia del actual presidente de la Confederación de Empresarios de Pontevedra (CEP) fue la razón de que se desprendiesen de su participación en Salfer.

La sanidad no es escapa a la venta de capitales. Uno de los mayores hospitales privados de Galicia, Fátima, es el principal exponente. Julio González Babé lo vendió en el 2004 a la aseguradora catalana Adeslas por 23 millones de euros. Tenía cuatrocientos trabajadores en nómina. Babé dijo entonces que no quería deshacerse de la clínica, pero que «las cajas de aquí le dan más facilidades a cualquier empresario de fuera». Fátima sigue hoy en manos catalanas. La Caixa se lo vendió hace dos años a los dueños de la farmacéutica Almirall, controlada por la familia Gallardo. Los propietarios de Povisa, por cierto, han dejado caer que hay grupos muy interesados en hacerse con el hospital vigués.

Pero si una empresa de Vigo puede simbolizar algo, probablemente esa sea Pescanova. Tras su entrada en concurso de acreedores, el juzgado ha apartado de la gestión a Manuel Fernández de Sousa, alma máter durante más de treinta años de la empresa que fundaron su padre y Valentín Paz Andrade y que se ha ahogado en un mar de deudas. El catedrático de Economía Aplicada Xosé Carlos Arias ha asegurado que «sería una tragedia la pérdida de una joya» como Pescanova. Si no desaparece, ¿quién la comprará?

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Las empresas estratégicas de Vigo pasan a manos foráneas