«Nadie sabe que soy chico Almodóvar»

El director de la Escuela de Cine de Vigo no entiende la falta de apoyo de las instituciones


VIGO / LA VOZ

Llegó a la ciudad apenas hace tres años, pero Fernando Jover se siente muy a gusto en Vigo. Cuando le ataca la morriña no tiene más que cruzar el Padornelo para andar por su otra casa, que está en León. Claro que allí no puede contemplar el mar, del que es un enamorado. Curiosamente, lo descubrió al otro lado del Atlántico, en Venezuela, adonde emigró con apenas 19 años tras abandonar la carrera de Ciencias de la Imagen.

Quería ser director de fotografía y codearse con los mejores en el cine, pero su primer sueldo lo gano como camarero. Eso sí, antes de emigrar tuvo ocasión de comprobar que el mundo del celuloide tiene poco de frivolidad y mucho de disciplina. Fernando Arribas le llevó de meritorio a la grabación de Un hombre llamado flor de otoño, película que protagonizaba José Sacristán. «Recibí una de las mejores lecciones. Era de noche y había que esperar al amanecer para rodar. Me metí en el coche y me quedé dormido. Cuando me desperté ya había acabado todo. Aprendí que aquello era un trabajo muy serio».

Ya en Venezuela, un buen día se presentó un cliente en el bar en el que trabajaba y le preguntó si era cierto que había estudiado cine. Resultó ser el productor Mauricio Navia. Aquello fue el principio de su carrera.

De vuelta en España terminó los estudios que había dejado a medias. «Por la mañana iba a la facultad y la tarde-noche la pasaba detrás de una cámara en Televisión Española. Desde entonces conservo el insomnio», afirma.

Luego compatibilizaría la profesión con la docencia, a la que ahora vive prácticamente entregado como director de la Escuela de Cine de Vigo. Fernando Jover ha trabajado con algunos de los mejores profesionales del cine en todas sus disciplinas. «Nadie lo sabe, pero soy un chico Almodóvar», ironiza. Explica que el manchego estaba rodando en Torrespaña unas escenas de Tacones lejanos y pidieron voluntarios para extras. «Pagaban 80.000 pesetas del año 91 por dos noches de rodaje, así es que me ofrecí. Lo que no sabía es que iba a salir en primer plano y que tendría frase», dice.

Reconoce que jamás podría ser actor porque no le gusta exponerse al público. Respecto a la fama de duro que tiene Almodóvar, más claro no se puede ser: «Es exigente, pero no es un cabrón».

El buen sabor de boca profesional que dejó en Venezuela se ha traducido en varios viajes al país americano para rodar media docena de películas, entre otras la coproducción Una casa con vistas al mar, de Alberto Arvelo con Imanol Arias al frente del reparto.

De tanta experiencia acumulada detrás de la cámara durante décadas, se aprovechan ahora los alumnos de la Escuela de Cine, que además, gracias a los impagables contactos de Fernando Jover -«todos amigos», dice-, disfrutan de al menos dos clases magistrales al mes impartidas por primeros espadas. La última, con un lleno total, corrió a cargo de Carlos Suárez, premio Goya por Remando al viento.

Fernando lleva apenas seis meses al frente del centro, de cuyo claustro forma parte desde hace tres años. Le costó aceptar la responsabilidad, pero al final ganó el amor propio: «Decidí que había que implicarse, que la única escuela de todo el noroeste de España no podía desaparecer». Asegura que ni el Concello ni la Xunta ni la Diputación son conscientes de que el centro vigués puede codearse con los mejores de Madrid o Barcelona, tanto en medios técnicos como humanos. «Es incomprensible que no tenga la atención que se merece, que no tenga apoyo institucional. Lo de casa parece que no se valora. Tienen que venir de fuera a hacerlo», se lamenta Jover.

Baja el tono de enfado cuando se le plantea el aparente negro futuro que le espera al cine: «No va a desaparecer, lo que va a ocurrir es que cambiará el concepto de lo que son ahora las salas. Serán multidisciplinares», dice.

DNI

Nombre: Fernando Jover

Cargo: Director de la Escuela de Cine de Vigo

Rincón: La calle de las ostras

Motivos: Me recuerda los viajes de fin de rodaje a Margarita, donde el primer bocado del día siempre eran ostras con agua de coco.

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