Hablar de Vigo une mucho. Así que estaba visto que la primera jornada de Vigo no diván sería un éxito. Por mi parte, sólo por estar con Carmen Domínguez, la directora de Españoles en el mundo, y por volver a ver a la colega Ana Guantes, que brilla en Madrid, ya mereció la pena. También, por los afilados comentarios del siempre sagaz Maximino Queizán. Pero resulta que el análisis de los cinco ponentes sobre el pasado de nuestra ciudad resultó apasionante. Xulio Carballo, Luis Domínguez, Xoán Carmona, Xosé Manuel Souto y Xosé María Mella nos dieron cinco lecciones de lo mucho que hay que contar sobre esta ciudad. Y lo hicieron ante un auditorio abarrotado, lo que parecía un milagro en una estupenda mañana de sábado con un tremendo solazo. Pero queda claro que la cuestión de Vigo es un tema que funciona siempre.
Resultó dinámico el formato elegido por la asociación Outro Vigo é posible, organizadora del acto. Pero no pudo evitarse cerrar la sesión casi a las tres y media de la tarde, más de cuatro horas después de su inicio. Y esto, pese a algunas deserciones inevitables, con el auditorio todavía lleno. Hablar de Vigo une, pero es que, además, engancha.
Si, en lugar de un formato de ponencias y debate, la organización hubiese elegido el de maratón, habríamos batido el récord Guinness. Tengan por seguro que aun hoy estaríamos allí, tan felices, hablando de Vigo, y que cuando llegase la segunda jornada del programa, el próximo sábado, no haría falta convocarnos, porque aún no nos habríamos movido del mismo sitio. Más que un congreso, aquello iba a parecer un after hours.
Es de agradecer que Vigo carezca de explotaciones mineras subterráneas. Porque, si se reuniese en una mina como la de Chile a una masa crítica de vigueses, en vano vendrían por un tubo a rescatarnos. «Que ya pueden salir», diría el operario de la cápsula, «¡Que llevan ahí 70 días!». Y los vigueses allí, abajo, debatiendo: «Un momento, que estamos en lo del Plan Xeral y aun nos queda la ETEA, el tráfico, el albergue, las humanizaciones y Abrir Vigo al Mar».
Hablar de Vigo, para un vigués, es una gozada. Y ocurre esto porque, aunque a nadie le demos imagen de tal cosa, en realidad a los vigueses su ciudad les entusiasma. No lo creerá el turista que, cuando pregunta qué hay bonito para ver, lo mandamos a Baiona. Tampoco ese amigo que vino de visita y que se pasa tres días intentando convencernos de que Vigo está muy bien. «Que no, amigo que vienes de visita, que esto es un caos», le responderemos. Tampoco, quien nos escuche hablar en el día a día, criticándolo todo.
Pero existe un momento en que no podemos disimularlo. Lo decían Ana Guantes y Carmen Domínguez, desplazadas en Madrid: «¡Cómo echo de menos Vigo!» Y esto, si no es amor, lo parece. Así que el próximo sábado, con que la segunda jornada de Vigo no diván sea ni la mitad de interesante, veremos quién nos manda para casa?