A Paradanta y Pontevedra, unidas por 371 curvas

La carretera que une la comarca con la capital, de la que depende administrativamente, cuenta con carriles de solo 2,50 metros que se estrechan por momentos y un trazado sinuoso hasta el mareo


a cañiza/la voz.

Llave de contacto, embrague y primera, acelerador, segunda... Y se acabó. Imposible aumentar de marcha durante la próxima hora: estamos en la PO-255. Una señal al comienzo del camino alerta del primero de los inconvenientes de este vial, el ancho de los carriles solo alcanza los 2,50 metros. Lo normal es que tengan 3,50 y si es inferior se compense con arcenes espaciosos, sobre todo en zonas con curvas importantes. La realidad supera la ficción y cualquier aproximación del caso a los cánones de la seguridad vial, pura coincidencia.

La palabra arcén adquiere tintes utópicos en una carretera que limita con guardarraíles para protegerse del escarpado monte de A Paradanta y cuya distancia con las barras se cuenta en milímetros. Todo un riesgo a la hora de tomar las curvas que se suceden, una tras otra, sin descanso. Por si no fuera suficiente, los carriles sufren continuos estrechamientos por la presencia de puentes. Vuelve el pedal del freno y la primera.

El viajero no solo debe armarse de paciencia para conducir desde A Cañiza, también de Biodramina. La PO-255 no es apta para los que padezcan mareos, vértigos y casi cualquiera cuya última comida se produjera en las 24 horas anteriores a ponerse frente al volante. Su visión desde el satélite asusta porque las eses se repiten como si el trazado hubiera sido dibujado por un niño. Las cifras también meten miedo: desde su kilómetro cero hasta el final, en Ponte Caldelas, se pueden contar hasta 371.

Las hay de todos los tamaños y formas. Ligeras con inclinación hacia la derecha, de 90 grados en los que hace falta sujetarse el estómago y de casi 360, en los que el giro del volante parece nunca acabar. Algunas cercadas de vallas, con escalón hacia el monte incluido al acabar el asfalto y otras enlazadas, una modalidad muy repetida. Las señales de peligro respecto al trazado se repiten, aunque en realidad no anuncian nada nuevo. Metro tras metro todo es igual. En el kilómetro 33 se cumplen las 100 curvas.

Firme en mal estado

Puestos a buscar unas gotas que llenen el vaso, para no verlo tan tremendamente vacío, hay que tomar en consideración el paisaje: tanto A Cañiza como Covelo rinden sus montes y senderos a disposición de todo el que quiera hacer una parada para recuperar el hígado y alguna que otra víscera que hayan quedado atrás. Y es que aún quedan más aventuras.

Entre los puntos kilométricos 24 y 20 llega el colmo: el firme está deteriorado y a los golpes de volante se unen los saltos. Baches y gravilla se mezclan en las ruedas del coche durante el calvario. La situación no mejora al acercarse a Ponte Caldelas, pero por lo menos promete. Camiones de obras adelantan el futuro cambio de trazado de la última parte del vial.

«Imaxinamos que estaremos ata fin de ano porque isto vai moi lento. Hai que mover moito material e rebaixar o monte», recuerda uno de los operarios, que comenzó sus trabajos a comienzos de agosto. Desde entonces, las interrupciones en la carretera se han multiplicado por el ir y venir de camiones. Los atascos, aunque la densidad de tráfico no es muy alta, son comunes, puesto que casi no hay espacio para maniobrar y los adelantamientos son un sueño de otra región.

No es el único susto que se puede topar un conductor. Cuidado en la siguiente curva, porque tras el giro puede aparecer un apacible rebaño de cabras apostado plácidamente sobre el asfalto. El claxon y el ruido del motor suelen ser suficientes para abrirse camino sin no se ha arrollado ya alguno de los ejemplares. No es recomendable hacerlo, puesto que un perro de grandes dimensiones se pasea por la zona recordando que el ganado tiene propietario. No es la única muestra de fauna del entorno. Unas curvas más allá una vaca se contonea por el estrecho arcén, respetuosa en esta ocasión con la línea blanca.

El resto del camino hacia Pontevedra parece un paseo después de terminar la señal que anuncia el kilómetro cero de la PO-255. Al final, más de una hora invertidas en llegar hasta la ciudad, de la cual depende administrativamente la comarca de A Paradanta, según el organigrama que planteó la nueva Xunta.

Claro que los vecinos de la zona, que se lamentan desde hace años de esta situación, conocen que existe una alternativa: tomar la A-52 hacia Vigo y enlazar allí con la autopista. Solo que existen dos pegas en este caso, que hay que pagar peaje y dar un rodeo de casi 15 kilómetros.

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