El puente que soldó el Miño cumple 125 años


El 10 de octubre de 1884, Tui y Valença quedaron físicamente unidas. Fue Pelayo Mancebo de Agreda el artífice de éste pionero puente internacional sobre el río Miño que ahora cumple sus primeros 125 años sin perspectivas de jubilación y con solera suficiente como para no amedrentarse ante la llegada de la alta velocidad.

Otros cuatro pasos transfronterizos desde entonces y, un quinto en el mismo camino; pero solo un símbolo de la Eurorregión, mal atribuido a Eiffel. Como en otras tantas ocasiones, la fama recayó en el más reputado pero fue el proyecto de Pelayo Mancebo, con el que desbancó al del mismísimo equipo del mago del hierro. La influencia en el diseño, las similitudes con el sistema de soldadura francés de la época y tesis que defienden a Mancebo de Agreda como discípulo de Eiffel, dejaron en el olvido al verdadero autor de una obra ya elevada a monumento y con vida propia.

«Los ingenieros de España habían propuesto indistintamente tres pasos sobre el río Miño y escogí la solución intermedia porque, situado así a la puerta misma de la plaza de Valencia en la dirección de la inmediata ciudad de Tuy, podían facilitarse las relaciones entre éstos dos centros de población de países hermanos, aprovechando los apoyos del puente del ferrocarril para establecer un paso para carruajes y peatones». Con estas palabras explica el propio Pelayo Mancebo de Agreda los promenores de la obra, ejecutada ,ésta vez sí, por una empresa francesa (Braine le Comte), en el número 15 de la Revista de Obras Públicas, editada el 7 de octubre de 1897. Los trabajos de construcción comenzaron a finales de 1881 y consiguieron rematarse en tal solo tres años pese a las dificultades técnicas y materiales de la magnífica estructura. Su inauguración oficial se dilató otros dos años, hasta el 25 de marzo de 1886 aunque de aquella y, tal como confirma la palabra del joven ingeniero de Calahorra, ya estaban en circulación los vagones de servicio.

El ferrocarril, símbolo del progreso en plena revolución industrial supuso también la unión de dos pueblos. El puente, considerado en la actualidad, como una obra maestra de la ingeniería, abrió la puerta a una dimensión comunicativa sin precedentes que catapultó a sus poblaciones hasta transformarlas en el área de mayor potencial de crecimiento económico de Galicia en el marco de una Eurorregión.

Con más de un siglo a sus espaldas, puede presumir además de haber llevado en sus raíles, carriles y pasos peatonales a casi todos los gallegos mayores de veinte años. Más difícil aún sería encontrar a alguno que no identificara su localización en una imagen que daba la vuelta al mundo hace seis años, cuando el Grupo Filatélico y Numismático de Tui y el Concello consiguieron que Correos y Telégrafos, organismo ex presidido por el entonces conselleiro de Política Territorial, Alberto Núñez Feijoó que, a la par, recibió la insignia de oro de la ciudad, emitiese un sello con su imagen en el bicentenario de la Escuela de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos de Madrid.

El puente llega a sus primeros 125 con una salud de hierro. Con un cuerpo que le impide ir más allá de los noventa kilómetros por hora, pero con porte y trazado incontestable para seguir cruzar los recónditos entresijos del Miño.

Integrado en su paisaje desde el siglo XIX, inició el XXI con obras. Entre julio del 2000 y marzo del año siguiente se ejecutaron los trabajos que permitieron reforzar su estructura para que alcanzase la máxima categoría. La intervención se centró en alinear la estructura principal y sustituir las piezas del cuadro ferroviario y de las vigas principales para que el tren de la Línea del Miño pudiera superar los diez kilómetros por hora.

Trabajos que, si bien requirieron una gran inversión y un no menos importantes despliegue de medios técnicos y humanos, poco tuvieron que ver con los que se ejecutaron tres siglos antes. Para entonces se transportaron 700 kilos de plmo y 1.540.364 de hierro. La sillería de trajo desde la localidad lusa de Lanhelas, a 24 kilómetros de Tui y el cemento de Zumaya. Los materiales se trasladaban en barcazas remolcadas con lanchas de vapor.

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