Los íntimos hacen probar al doctor Portela su propia medicina


Es la definición que, a juicio de Clara Torres, hace justicia a Julio Portela. El conocido médico tudense se quedó sin palabras el pasado viernes cuando un grupo de íntimos le grito aquello de ¡sorpresa! Pensaba el galeno que le esperaba una plácida cena en compañía de Margarita Pino, su mujer. Pero no, lo que le esperaba era una ingente dosis de amistad, medicina que, según los que le conocen, derrocha sin miramientos tanto en la consulta como fuera de ella. «Es un profesional de los de antes, con el teléfono conectado las 24 horas del día», según uno de sus pacientes.

Los organizadores del sarao lo llevaron tan en sigilo que no sospechó lo que le esperaba a ambos lados de la raía. Y es que fue un cumpleaños transfronterizo, con cena en Valença y soplado de velas en Tui. Nada quedó al azar, salvo la emoción, que estuvo presente toda la noche sin haber sido invitada.

Pero, claro, cualquiera aguanta el tipo cuando a uno le pasa su vida por delante, aunque como es el caso, fuera en fotografías. O cuando te regalan ese cuadro que tanto te gusta y que, desde hace tiempo, te obliga a detenerte ante el escaparate de la galería de arte. O cuando la ya citada Clara Torres te dedica un poema, en realidad una Carta de amor de una náufraga reincidente, con el que se sintieron identificados todos los presentes: Julia, Tecla, Virginia, Teresa, Rosa, Maite... Y sus respectivos. Es una de ellas la que me cuenta que nadie tenía prisa, así es que les dieron las tantas. Felicidades.

En este caso deseado. Y no tanto porque sea de plata, sino por lo que implica, esto es reunirse con viejos (en sentido metafórico) amigos con la disculpa de marcarse un torneo de golf. El alma del encuentro, reeditado el pasado fin de semana, es Paco Doblas; sí, aquel que en su día hizo carrera en el fútbol de la mano del Celta y que ahora está entregado al swing.

El caso es que año sí y año también desde hace ya dieciséis, el ex céltico toca a rebato y docenas de incondicionales acuden a la llamada. La cita, en el campo de golf del Balneario de Mondariz y la disculpa, como dije unas líneas más arriba, batirse el cobre en el green. Aunque el verdadero motivo es pasarlo bien.

De hecho, el durísimo programa se abrió con una cena para celebrar el cumpleaños (taitantos) del anfitrión. Allí estaban, entre otros, Corbalán, Manu Sarabia, Cecilio Alonso, Pepón de la Puente o el ex Nacha Pop Nacho García Vega. El cierre (del programa, digo) tampoco estuvo mal. Otra cena, en este caso en Saiáns, concretamente en casa del propio Doblas.

No hace falta motivo alguno para disfrutar con los amigos ante una mesa cuajada de viandas, pero por si acaso, se buscaron uno: entregar los trofeos. Huelga decir que les dio el alba entregando el Palo de Plata. Lo dicho, un buen palo. El año que viene más.

No abandono el Balneario, que es donde ha estado también estos días Fernando Romay, uno de los asiduos en su calidad de responsable del campus de baloncesto Díaz Miguel que se celebra en el municipio. Reconoció que es un adicto al agua de la fuente de Gándara y a los paseos a orillas de Tea con los benjamines del campus, 180 chavales en total entre los que, vaya usted a saber, igual hay algún Gasol.

Romay aprovechó para saludar a su gran amigo Corbalán, con el que compartió en su día canchas, en el desayuno del domingo. «Sí, sí, es él», comentaban los miembros más jóvenes de las numerosas familias que a esa hora coincidieron en el restaurante del hotel. Finalmente, se lanzaron a la caza del autógrafo que Fernando fue firmando con su habitual desparpajo.

Sigo en el Balneario de Mondariz, donde ayer me topé con tres colegas, entre ellas Montserrat Domínguez, que saboreaban las últimas horas de un viaje que les ha sabido a poco. Después de cuatro o cinco días recorriendo el norte de Portugal, -«donde desmontamos todos los tópicos sobre un país tan cercano y tan desconocido»-, no quisieron poner rumbo a Madrid sin atender la recomendación que un día le hiciera el líder del PP a Montserrat. Más o menos vino de decirle que si un día venía por su tierra no dejara de hacer sendas escalas en Mondariz y A Guarda. En el primer caso para descansar y entregarse sin ambages a los placeres del agua, y en el segundo para catar la langosta de Casa Olga, personaje inenarrable donde los haya pero con un producto de sobresaliente. «Ya cumplí con la recomendación de la inenarrable, así es que me faltaba la del agua», dijo. Pues prueba superada.

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