«En Vigo descubrí la pandilla y ese descubrimiento cambió mi vida»

Periodista jubilado de la BBC, reside desde hace una década en una ciudad que se convirtió en un referente desde que la descubrió por primera vez con 11 años


Nació en París, estudio Filosofía en la Sorbona, residió en Londres, desarrolló su carrera profesional en la BBC, ha viajado por medio mundo... Y reside en Vigo desde que se prejubiló hace una década. La otra opción era Roma, pero la descartó porque si bien como punto de destino coyuntural es muy interesante, «para vivir es inaguantable», afirma.

El flechazo de Patrick Geressi con Vigo viene de antiguo. Tenía once años cuando procedente de París, vía La Havre, desembarcó en la Estación Marítima. «Qué mal lo pasé a la altura del golfo de Vizcaya. El mar era imposible, no comí», recuerda.

Aquel viaje iniciático tenía como destino un chalé en Playa América. Allí residía un matrimonio interesado en que sus hijos se zambulleran en el francés a través de un intercambio veraniego. El encargado de hacer las presentaciones fue el doctor Jorge Seoane, que conocía a ambas familias. Patrick apenas residió en aquella casa playera ocho días. Sin ninguna explicación le pusieron la maleta en la calle. «No entendía nada. Pregunté qué pasaba pero no me lo dijeron».

Tiempo después, cuando Patrick tuvo edad de comprender, sumó dos y dos y encontró la respuesta. Aquel hombre, cuyo nombre prefiere omitir, «se vestía todos los fines de semana con camisa azul y pantalón gris». Recuerda asimismo que le preguntaron varias veces qué pensaba de Franco. «Yo era un niño de once años, así es que me limitaba a repetir lo que escuchaba en casa. Mi padre trabajó para los servicios británicos durante la Segunda Guerra Mundial, montaba redes de escape para los agentes, así es que cuando se refería a Franco decía que era un dictador que no se había sometido a las urnas».

Lo cierto es que aquel hombre de camisa azul nunca sabrá el favor que le hizo a Patrick echándole de su casa. Eso le permitió instalarse el resto del verano en la de Jorge Seoane, en la Gran Vía, muy cerca de As Travesas. «Apenas había edificios. Todo eran campos. Y había un montón de niños. Allí descubrí la pandilla, y ese descubrimiento cambió mi vida. Era lo más parecido al paraíso», afirma. Tanto que siguió pasando los veranos en Vigo sin perder uno hasta que cumplió los 18. Las vivencias que aquí tenía eran tan intensas que confiesa que cuando regresaba a París, «los primeros cinco meses vivía de recuerdos y los cinco siguientes imaginándome lo bien que lo pasaría el verano siguiente».

Sin rígidos horarios, con una libertad para él desconocida, recuerda el vértigo de la escapada en grupo después de robar fruta, los chapuzones en el Lagares -«era el final de los 50 y todavía no estaba contaminado», afirma-, las sesiones continuas del cine Niza, los viajes en tranvía -«aún conservo un billete»- las caminatas hasta el monte del Castro... Precisamente en éste último está uno de sus rincones favoritos, las inmediaciones del castillo.

Quererse más

Todas aquellas vivencias fueron determinantes hace diez años a la hora de elegir donde disfrutar de un retiro feliz. Ejerce tanto de vigués que no oculta su enfado cuando afirma lo poco que se quiere a sí misma esta ciudad, incluidos sus dirigentes. «Tiene unas potencialidades que no sabe explotar, especialmente en el terreno turístico. Depende demasiado de la automoción y cuando se instala una crisis como la que estamos viviendo sufre demasiado. Tendría que diversificar más. En el norte de Europa hay un turismo culto, de calidad, que estaría encantado de conocer Galicia en general y Vigo en particular si alguien les explicara lo que hay aquí. Mis amigos se quedan atónitos cuando vienen a visitarme», asegura.

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