El Vigo de la Reconquista

VIGO

09 nov 2008 . Actualizado a las 02:00 h.

Vigo entra en el siglo XIX como una villa próspera, en la que se mueve el dinero. La pesca y la salazón han forjado una burguesía pujante, mientras que la actividad corsaria deja oro en los bolsillos de los vigueses, que lo invierten en el incipiente comercio. Es sencillo comprar en la villa un sombrero o unos zapatos a la última moda, mientras aparecen joyerías de prestigio, como las de los plateros Duarte O Vello y Duarte O Mozo, los más afamados de la época. Es Vigo ya villa grande, que a finales de 1808 tiene un censo de dos mil familias, que suman unos diez mil habitantes, lo que la llevan a ser la cabecera de la comarca, ya en abierta competencia con la capital provincial, Tui.

Solo un siglo antes, el municipio tenía la cuarta parte de vecinos, pero la del XVIII ha sido una centuria próspera. La principal noticia fue la concesión a Vigo del privilegio del comercio naval, que antes pertenecía a Baiona. Junto con el puerto de A Coruña, se convierte en la puerta de entrada y salida de mercancías en Galicia. Además, en los últimos cincuenta años, han llegado a Vigo fomentadores catalanes que vienen con nuevas ideas de desarrollo industrial, revolucionando la pesca de la sardina e instalando fábricas de salazón por toda la costa. Para dar mayor impulso aún a la economía local, la guerra con Inglaterra supuso el inicio de la actividad corsaria, con toda una escuadra de buques armados que acosaban a los mercantes enemigos frente a la costa gallega.

Mercancías

José María Álvarez Blázquez retrataba así la estampa de prosperidad de aquella época: «Las embarcaciones y mercancías capturadas al enemigo pertenecían solo en pequeña parte a la Corona, y el resto era repartido entre los armadores y tripulantes del buque apresador (...). Las más abigarradas y valiosas mercancías llegaron así al fondeadero del Areal entre 1740 y 1808: telas de Damasco, bacalao de Terranova, especias de la India, velas de Bujía, vinos de Oporto, café de Moka; curtidos, tonelería, fardería, herrajes, carbón... Podemos suponer la alegría de la población al ver regresar a sus naves, acaso trayendo al costado a la desmantelada embarcación enemiga con las bodegas llenas de tanta riqueza».

La pesca daba también trabajo y recursos a los vigueses. El puerto del Berbés bullía con las lanchas que llegaban cargadas de montañas plateadas de sardinas. Los marineros remaban con fuerza para llegar antes a puerto y lograr el mejor precio, en una competición que luego se convertiría en deporte, con las regatas de traineras. El campo era la segunda actividad de Vigo, con un campesinado que se extendía por el fértil valle del Fragoso y avanzaba hacia Coia y Bouzas, en una sucesión de bosques, viñedos y maizales.

El núcleo de Vigo era la villa amurallada, que se distribuía en un polígono que hoy se inscribiría en el Casco Vello. El recinto tenía seis puertas. Aún en la actualidad podemos identificar sus nombres: la Porta del Sol -o de los Carneros-, la de A Gamboa, la de A Laxe, la de O Berbés, la de A Falperra y la de Placer. En muchos tramos, los muros eran muy bajos, y carecían de foso, aunque en conjunto la plaza tenía buena defensa, sobre todo tras la proliferación de las armas de fuego.

Ya irónicos

Unido a la muralla, donde actualmente se erige el edificio del ayuntamiento, estaba el Castillo de San Sebastián, solo separado por una barriada que hoy es A Ferrería. Frente al castillo estaba una torre, llamada A Pulguiña, una construcción defensiva que era la más alta de la villa y que, en su nombre, demostraba que los vigueses de hace dos siglos ya gustaban de practicar la ironía.

En la cima del monte Feroso aun había una fortificación más, el castillo del Castro, que se empleaba como prisión para los detenidos y desde el que la espléndida vista permitía vigilar el horizonte, aun hasta las islas Cíes, para alertar de la entrada de velas enemigas.

Por la banda de la ría, el mar era la mejor defensa de Vigo. Las olas rompían contra la batería de A Laxe y contra el convento de San Francisco, que se erguía en un montículo sobre el barrio pesquero del Berbés, siempre bullicioso y caótico.

Pujante Areal

Hacia el Este, se extendía el barrio del Areal, que en esta época había alcanzado ya una gran pujanza, y en el que las industrias de la salazón se mezclaban con las jóvenes viviendas, algunas de incluso tres plantas, donde se alojaba la nueva población.La playa del Areal era una hermosa media luna de arena, separada de las casas por un cordón de dunas. A falta de muelle, los barcos fondeaban junto a la orilla en marea baja y eran descargados a hombros y carros de bueyes.

Los vigueses bebían en las fuentes de A Falperra y del Anxelote. Además, utilizaban los arroyos que recorrían la villa extramuros. El de Tornos discurría por la actual calle Carral, otro bajaba por la calle Pontevedra y el de la actual calle Roupeiro era el preferido por las mujeres para ir a lavar la colada, de ahí su nombre.

Por la actual calle del Príncipe salía el Camiño Novo, que comunicaba con el Areal. Por aquí transitaban los carros de mercancías y las bestias, cuando había mercado. Pero los vigueses de a pie preferían el Camiño Vello, que iba por la actual Alameda, al lado incluso del mar, y era sinuoso e incómodo. Alrededor de este Vigo pujante había barrios y parroquias de eminente carácter rural. Santiago de Vigo, Teis, Candeán, Chapela, Cabral, Bembrive, Coia -que tenía la iglesia de San Martiño, fundada por los Templarios- Comesaña, Bouzas, Navia, Coruxo... Todas las parroquias que aún hoy en día se mantienen con la misma nomenclatura.

Pero este Vigo próspero, que se está haciendo ciudad, está a punto de vivir momentos dramáticos. La invasión napoleónica será un terrible revés tras años de pujanza.