«Los otros» ejercen de guías por los tesoros de Castrelos

Soledad Antón soledad.anton@lavoz.es

VIGO

07 nov 2008 . Actualizado a las 11:17 h.

Y los visitantes, más. Asustados a ratos, pero encantados. La culpa la tuvo Noites negras de Castrelos, un espectáculo teatral interactivo que, desde el minuto uno, atrapa a los asistentes. La compañía «O roce das ás» realizó el pasado miércoles un pase especial para curritos de medios de comunicación. Era la única forma de que los periodistas pudiéramos hacer la crítica con conocimiento de causa. Y es que el pasado junio, que fue cuando se pusieron a la venta las entradas, se agotaron las de todos los pases en 20 minutos. Tal ha sido el éxito de la iniciativa que el concejal del ramo cultural, Xesus López, está intentando ampliar las representaciones.

Paula, Víctor, Noelia, Cristina, Belén, José... fueron algunos de los colegas que pudieron decir aquello de «misión cumplida». Me refiero a la que se fijó en su día el Concello, que no es otra que familiarizar a los vigueses de una forma lúdica con el museo y los jardines que lo circundan para, así, conseguir captar su interés e incitarlos a regresar en horario diurno para disfrutar de los tesoros que alberga.

Los invitados, entre los que se encontraba el propio Xesus López y la «dueña municipal» del pazo, Elena Maure, fueron recibidos en la puerta por el servicial Evaristo (Pablo Costas) que ejerció de Cicerone durante las cerca de dos horas que duró la visita.

Entre susto y susto (los tropiezos con los otros son constantes), se va descubriendo que la impresionante lámpara de Murano de la entrada tiene tantos años como el pazo, que el Goya colgado en una de las paredes de la sala de la derecha es auténtico, que la vajilla de Sargadelos es casi tan antigua como la propia fábrica de cerámica...

Por el camino se van produciendo algunos secuestros, en los que algo tienen que ver el perturbado Xoán (Miguel Vázquez) y el encapuchado (Pablo Sanmartín), pero los secuestrados aparecen casi tan misteriosamente como antes se habían esfumado cuando Evaristo abre el despacho de Fernando Quiñones de León. El señor marqués (Antón Rodrigo) en persona recibe a los invitados a los que, de una forma bien didáctica les cuenta su vida, la de su mujer (que murió de parto), su hijo (que se casó con una inglesa) y, de paso, la del edificio.

Fueron precisamente los viajes de su hijo a Gran Bretaña los que propiciaron que la casona contara con servicios todavía no vistos por estos lares en el siglo XIX, incluida la luz eléctrica. Antes de rematar el recorrido, los espectadores-periodistas aún se toparon con sor Ottavia y la médium Maruxa (Helena Varela) que, tras una sesión de ouija les conmina a salir al jardín y, cual santa compaña, encaminarse al cementerio (lo único que hay de mentirijillas) donde les espera el último susto de la noche. Moraleja: cuando el Concello reponga la obra (en ello está), hay que andar listo porque las entradas para morirse de miedo en Castrelos vuelan. Pues eso.

Con los tiempos que corren, toda iniciativa que implique dinamizar el pequeño comercio es poca. Y si de lo que hablamos es del Casco Vello, tiene un plus. «Seguimos apostando por atraer a veciñanza ao pequeno e medio comercio», afirmó ayer Santiago Domínguez a propósito del imaginario corte de cinta de la Festa do Comercio.

Aprovechó el teniente de alcalde para dar buenas noticias a Anxo Méndez, el gerente de los comerciantes de la zona. Contó que en los próximos presupuestos, además de reservarse una partida importante para renovar la imagen del barrio, habría otra no menos jugosa para potenciar el comercio «dun xeito participativo». Amén.