«En los setenta me ponía una chupa de vitrasero y me sentía el rey del mundo»

El actor se lamenta de que los niños de hoy hayan perdido definitivamente la calle y asegura que nacer en Teis le ha marcado, incluso en lo profesional


Nacer en Teis y disfrutar de una infancia feliz y despreocupada, tirándose en carro de bolas por la cuesta de la plaza de abastos, o jugando al fútbol entre ropa tendida al clareo en los campos que formaban el mapa del barrio en los sesenta, pasa factura. Bien positiva en el caso de Antonio Durán, Morris. «Ser de Teis me marcó», afirma tajante. Eso le lleva a dudar mucho antes de decantarse por un rincón favorito. Tiene muchos. Todos en Teis: la playa de la punta, el instituto, el entorno del mercado, el monte de A Guía... Al final se decanta por la playa. «Fue escenario de infinidad de buenos ratos con los amigos», cuenta.

Habla de un tiempo en que la calle era de los niños, y que éstos apenas pisaban en casa más que para comer y dormir. En todo caso nunca antes de escuchar la voz conminativa de las madres: ¡Antoñito, arriba! «Aquello ahora resulta impensable. Perdimos la calle», se lamenta.

A Antoñito ni se le pasaba por la cabeza que un día sería actor. En realidad, confiesa, «nunca sentí especial predilección por nada. No había ninguna profesión que me gustara. No tenía vocación de nada; sólo sabía que quería vivir bien». Añade que fue buen estudiante hasta sexto de Bachillerato, pero que COU, la rampa de lanzamiento universitaria, se le atragantó. Aún no lo sabía, pero ese atragante fue lo que perfiló su futuro como actor.

En el claustro del Instituto de A Guía había algunos profesores particularmente inquietos, que no se limitaban a impartir el programa de la asignatura. Maite Caramés era una de aquellas profesoras. «Ella fue la que me lió para interpretar a Don Ramonciño en Os vellos non deben de namorarse». Se trataba de una función programada con la disculpa del Día das Letras Galegas. Ahí empezó todo. Porque, dice, fue ahí también donde descubrió la libertad. «El instituto fue un soplo de aire. Me ponía la chupa de vitrasero, aquellas grises que vendían en Las Tres BBB, y me sentía el rey del mundo».

Fue entonces cuando empezó a tomar contacto con el teatro popular y cuando se unió a un grupo de iniciados para montar Artello, poco más tarde embrión junto a Antroido, Troula y Andrómena del Centro Dramático Galego. Corrían los 80, años de efervescencia cultural y de ganas de erradicar definitivamente el blanco y negro.

En la actualidad hay pocos huecos en la agenda laboral de Morris, pero no siempre corrieron buenos tiempos para el teatro en Galicia. En los noventa se produjo un serio bache. «No nos quedó más remedio que arriesgar un dinero que no teníamos para buscarnos los garbanzos». Así nació Viva Zapata, uno de los locales con más enjundia de Churruca, en el que el actor ha interpretado con soltura varios papeles protagonistas, sobre todo el de camarero.

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