CONTRASTES
03 ago 2005 . Actualizado a las 07:00 h.PERSONAJE fascinante y quizá no suficientemente conocido, don Diego Sarmiento de Acuña, primer conde de Gondomar, protagonizó una intensa aventura en el verano vigués del año 1589, cuando contaba sólo veintidós años. El corsario inglés Drake, elevado a la categoría de «sir» precisamente por ser un depredador a favor de la corona británica, tras sufrir sendas derrotas en A Coruña y Lisboa, de vuelta a su país y deseando no llegar con las manos vacías entra en la ría viguesa tal que el 29 de junio de dicho año. Bombardea Bouzas y Teis y saquea la villa viguesa. Profana monasterios y eremitorios y en la Colegiata sus esbirros tirotean imágenes y sacrifican y asan reses robadas sobre los altares. La defensa, urgente, la capitanea el joven aristócrata e inflige al británico tal derrota, que son centenares los cadáveres de piratas que quedan en Vigo. Nos lo cuenta Fernando Bartolomé Benito, el último biógrafo del conde de Gondomar, ya abordado por Castroviejo, García Oro, Carmen Manso y algunos otros en Galicia, en libros creemos que de escasa difusión. Quien da título al parador de Baiona y en retrato preside el hermoso hotel, fue nombrado por su hazana viguesa alcalde de aquella fortaleza y gobernador de la villa real. Más tarde sería corregidor de Toro y Valladolid y por dos veces, embajador del rey Felipe III en Londres, agotándose en gestiones brillantes que le costaron salud y hacienda propia, que no era pingüe, ni mucho menos. A su pazo-castillo de Gondomar vendría de cuando en cuando, a cuidar del resto de su caudal y de su excepcional biblioteca, acaso la mejor de aquella España ya decadente del siglo XVII en la que reinaron Austrias mediocres o tontilocos. Valiente, asturo, paciente, se le ha llamado «el Maquivavelo gallego», puede que con alguna exageración e inexactitud. Porque don Diego nunca entendió, como el italiano, que la razón de estado fuera un fin que justificase los medios. No lo permitiría su honor, ética y hombría de bien.