El zaguero del Dépor aguantó a pie de césped la invasión de una hinchada que pide su continuidad
31 may 2026 . Actualizado a las 23:32 h.Desbordado por la primera oleada de hinchas, el cinturón de seguridad se replegó a tratar de cumplir con su segunda misión: si no se podía salvar el césped, al menos salvar a los jugadores, mucho más difíciles de reemplazar de cara a la próxima campaña. Enseguida reclamaron auxilio los de Las Palmas, a quienes ni siquiera su condición de visitantes libró de los cazadores de prendas en liquidación por fin de temporada. Lo de celebrar la clasificación para el playoff quedará para otro día en la isla porque ninguno logró alcanzar el rincón de la afición visitante antes de verse envueltos por la marea.
A cada futbolista canario se le asignó sobre la marcha una pareja de vigilantes, mientras el resto trataba de distinguir a los integrantes del Dépor entre el tumulto blanquiazul. La confusión ralentizó la operación rescate, ejecutada con todo el éxito que permitía la clara inferioridad. El cien a uno, así a ojo, solo se equilibró porque muchos de quienes tomaron su propia casa se entretuvieron con el césped o las redes, recuerdos más asequibles de un curso memorable. Otros se entregaron a los cánticos y la refriega amistosa de colegas de grada; alguno, incluso, encendió una bengala que destacaba entre el mogollón. Casi tanto como el punto rosa que distinguía desde lo alto al único jugador que no huyó de la invasión. El Wally tintado de Abanca Riazor.
En lugar de refugiarse en el túnel, se dejó llevar. Al fin y al cabo, se trataba de los mismos que tanto han insistido en su renovación. También durante el encuentro y, de nuevo, en la fiesta que dio comienzo en el campo cuando, tras la enésima petición por megafonía (capitán incluido) la gente aceptó desalojar.
«Ximo, quédate», le volvieron a cantar. Ximo Navarro, que no había sido reemplazado durante el partido en el que Sergio Escudero y Cristian Herrera tuvieron los minutos del adiós. Que había cerrado en un pico de forma la temporada que ayudó a enderezar. Que había conservado la camiseta pese a las súplicas; capaz de guardar la ropa y disfrutar del baño de una masa fiel.