La hinchada local disfrutó y se superó a sí misma con un ambiente de las grandes citas
04 abr 2026 . Actualizado a las 21:00 h.Una marea blanquiazul inundó Abanca Riazor. Sus gradas antes del pitido inicial y sus aledaños horas antes del comienzo del partido. Los deportivistas se agolparon entorno a la puerta 0 del feudo coruñés. Querían su hueco en primera fila para alentar al Dépor. En una ruta atípica por motivos de seguridad, el autobús del equipo no regaló la instantánea por excelencia. No recorrió el Paseo Marítimo. Ni fue recibido por bengalas. Pero hay cosas que no cambian. Y eso fue la altísima presencia hinchada local, que aclamó a un David Mella que fue uno más en la expedición —agitó sus muletas devolviendo el ímpetu de la afición— y que se creció ante los aspavientos que lanzaron jugadores como Charlie Patiño o Noubi.
No hacía falta mucho para encender a la parroquia deportivista. De grandes dosis de ilusión está servida. Así se vio cuando el balón empezó a rodar. En cada recuperación, en cada disparo, en cada córner, en cada aproximación al área rival. Abanca Riazor hacía de las suyas. Se transformaba en una caldera. «Yo te sigo a todas partes, cada día te quiero más». Este estadio y esta afición, siempre de otra categoría.
Un gol de Stoichkov anulado por fuera de juego dejó a medias la celebración. Una que retomó ya, a quince del final, Mulattieri que hizo venirse abajo a Riazor. Y, entre medias, un disparo lejano de Quagliata a punto estuvo de colarse. Se llevó las manos a la cabeza sin dar crédito y, acto seguido, se dirigió a la grada. Brazos en alto. Quería más de una afición incansable.
28.423 voces gritaban al unísono: «Vamos Dépor, vamos. Vamos campeón». Y ni siquiera un gol de Niño a escasos minutos del final fue suficiente para apagarles. «Pobre del que quiera robarnos la ilusión». Ahora ya no. Cuatro finales más en casa. Cuatro finales para acercarnos a Primera División.