El imparable crecimiento de Yeremay: «El Dépor me ayudó a cambiar mi vida»
TORRE DE MARATHÓN
Llegó con 13 años y maduró hasta convertirse en una estrella: «Este club me ha permitido ser futbolista profesional y ayudar a mi familia. Sería un sueño ascender y jugar en Primera»
29 nov 2025 . Actualizado a las 17:10 h.Su complicidad con la pelota, su repertorio de regates, su espectáculo sobre el verde y su capacidad para crear magia de manera inesperada han situado a Yeremay Hernández (Las Palmas, 2002) como el líder de un Deportivo que busca el ascenso a Primera. «Llegué siendo muy joven. Lo conocía, conocía a Valerón y Manuel Pablo, a todos esos cracs, pero no era del Dépor. Ahora sí. Me jode perder con esta camiseta. Renové porque es mi casa. Amo el Dépor. No solo por el club en sí, sino por todo lo que me ha dado. Ha ayudado a que mi vida cambie, a poder ser futbolista profesional y a ayudar a mi familia. Me gustan los retos, y este es uno espectacular. Sería un sueño ascender a Primera y jugar ahí con el Dépor», cuenta el canario, que aportó el pasado curso en Segunda, 15 tantos y 5 pases de gol, y esta temporada lleva seis dianas y cuatro asistencias.
Yeremay apostó todas sus cartas al club que lo vio crecer. Desde cadete, hasta al primer equipo. Y ahora disfruta del premio. De la satisfacción del trabajo bien hecho. No solo en el verde. Sino también fuera de él. Porque reconoce que su recorrido en A Coruña no ha sido fácil: «Todo lo malo me ayudó a ser la persona y el futbolista que soy. He crecido y madurado una barbaridad». Tuvo que cambiar de hábitos. Y uno de los grandes artífices de ello fue Elkin Flórez, responsable de la residencia de los canteranos del Deportivo. «Venía poco acostumbrado a los límites y las normas, pero poco a poco fue entrando por ese camino. No fue uno en línea recta, hubo muchas curvas. Pero jamás hubo maldad en sus comportamientos», relata.
Porque era un crío y, emulando su hacer en el verde, regateaba alguna norma. «En algunos aspectos partía de unos escalones muy altos: sentido del humor, hacer sentir bien a los demás... Y, en otros, desde el sótano. Cuando llegó aquí, quería, pero no podía», apunta Flórez.
Yeremay se empeñó en darle la vuelta a esas debilidades: «Entró en la habitación de un compañero y le entrevistó. ‘‘José, y tú, ¿cómo estudias?’’ ‘‘José, y tú, ¿a qué hora te acuestas?’’. Él apuntaba». Fue mejorando. Y, aunque en muchas ocasiones iba contra las reglas, siempre aceptaba los hechos —«chacho, te das cuenta de todo», solía decirle al responsable de la residencia—. «No se podía estar en las habitaciones de los compañeros y, en una ocasión, le pillamos con otro canario. Reconoció haber actuado mal, tomaba ese liderazgo para ser él quien escribía. Y me puso: ‘‘Elkin, sé que no hemos actuado bien, pero entiéndenos, somos niños... canarios con flow’’», rememora. «Él reconoce que fuimos demasiado flexibles con él», comenta Flórez.
Para el responsable de la residencia, hubo un acontecimiento que supuso un cambio definitivo para Yeremay: no participar en la final de la Copa de Campeones. «Le hicimos una foto individual a cada jugador con el trofeo. El único que no se puso fue él. Quizá fue ese punto de inflexión, no por no haber jugado, sino por haber aprendido que todos somos prescindibles», analiza. El propio Yeremay reconoce ese paso al frente: «La Copa de Campeones fue un momento que tenía que pasar. Aprendí mucho de ese momento, de no jugar, y de Gilsanz, que me ayudó y siempre estaré agradecido. Me hice fuerte».
Manuel Pablo le vio crecer desde cerca. Le entrenó durante un tiempo en el Fabril. «Tanto Valerón como yo fuimos muy exigentes con él. Tuvo que remangarse, le faltaba esa capacidad de esfuerzo, necesitaba mejorar para competir a estos niveles. El cambio lo ha dado él solo», subraya.
«Además de ser un jugador desequilibrante y muy diferencial, destacaba por su capacidad para resolver las situaciones. Parece que lo hace fácil...», comenta el técnico del filial. Para Massimo Benassi, director general del Dépor y al que el futbolista ha dedicado goles y buenos momentos por su complicidad, todavía no llegó la explosión definitiva de Yeremay: «Juega como lo siente. Acaba de empezar, no creo que haya alcanzado su tope. Va a crecer más».
Manuel Pablo llegó con 22 años a A Coruña. Y no se marchó. Lleva 28 en la ciudad y espera que su paisano mejore sus pasos aquí: «Ojalá se pueda quedar muchos años y tanto él como el club crezcan de la mano. Ha tenido muchas ofertas. Para mí, él se siente como me sentía yo. Aunque las ofertas son bonitas, sientes que es tu casa. Quiere crecer con este club».
En el pasado mercado de fichajes llovieron ofertas a Yeremay. «Son situaciones difíciles, sobre todo para un niño de 22 años. Pero el club apuesta por mí, y yo por él. Tomé la decisión correcta. Estoy en un sitio donde la gente me quiere», reconoce. En cuanto a las negociaciones, Benassi explica: «Siempre fue muy directo y muy fácil. El objetivo y la voluntad de todas las partes era seguir juntos».
«Quedábamos y a veces eran conversaciones silenciosas. Lo que necesitaba era estar con alguien. Cuando hay todo ese ruido de equipos interesados... Esos encuentros le ayudaban a poner en valor lo que tiene aquí. Es muy difícil irse del Dépor cuando tienes un club en el que tantas personas te dan cariño y sientes el apoyo de la afición. Yeremay es un chico muy cariñoso», relata Flórez.
El canario habla en el césped. Disfrutando, creando y besando el escudo. Porque el mercado de invierno traerá nuevas ofertas. El Dépor, a través de Benassi, sentencia: «La respuesta del club va a ser siempre la misma, no va a cambiar. Creo, y puedo decir, que por parte de Yeremay no va a cambiar nada respecto al verano».
«En su primer día aquí tenía cara de sorpresa, era muy observador»
Yeremay llegó a A Coruña con 13 años. «Un día antes de venir me mandó un mensaje: ‘‘Hola, soy Peke’’. Esa fue su primera frase. Hace unos meses se lo enseñé, ahora no le gusta que le llamen así. Al día siguiente, vino con su madre. Tenía cara de sorpresa. Era muy observador, silencioso, callado», relata Elkin Flórez. Él se encargaría de guiar y seguir su progresión como persona. «Tuvo dificultades académicas, pero siempre dijo que se iba a sacar el carné de conducir. Lo estudió por él mismo y lo aprobó a la primera o a la segunda. Le felicité y se sorprendió. Me preguntó: ‘‘¿De verdad te alegras?’’ Le respondí: ‘‘¡Claro! ¿Te das cuenta de que, cuando uno quiere algo y da todo de sí, lo puede conseguir?’’», cuenta. Elkin todavía guarda instantáneas de Yeremay haciendo prácticas.
«Tiene un estatus de estrella y sigue siendo el mismo chico excepcional»
Cariñoso, extrovertido, empático y bromista, así dibujan al Yeremay persona
Como a tantos, el fútbol le sirvió a Yeremay de vía de escape. Un apoyo dentro del humilde barrio grancanario de El Polvorín y de una familia en la que Vanessa, su madre, siempre estuvo al pie del cañón. Por su trabajo, Yeremay se crio también con su abuela Angelita y su tía abuela Teresa, otra gran culpable de que el canario esté triunfando en el fútbol. Era ella quien le acompañaba a entrenar y a los partidos.
«Es de un barrio que tiene muchos contrastes y, para él, ha sido una oportunidad de darse cuenta de cosas de la vida mucho antes que otros niños de su edad. El tener diferentes perspectivas de la vida, el poder ver ese abanico de caminos por dónde ir, también ayudó a su familia a tomar la decisión», relata Elkin Flórez. Salió con 12 años rumbo a Madrid y estuvo alejado de su familia. «Vivió esa soledad... Él no quería venir. Cuando se fue del Real Madrid a Canarias, no quería volver a salir de su casa. Su madre pensaba que era una buena oportunidad. Él siempre dice que la gran culpable de que esté en el Dépor es su madre», añade.
Llegó a A Coruña en categoría cadete. Y ahí se cruzó su compañero Alejandro Lorenzo, Meli, hoy en el Bergantiños. «Ya sabía quién era porque en un torneo habíamos jugado contra el Madrid, y él estaba allí. Se veía que tenía ese talento especial. En pretemporada le dije que también era canario. Se pensaba que le estaba vacilando, porque no tengo acento, pero desde aquel día empezamos a tener amistad», rememora.
En Abegondo también conoció a Alfonso Rey, quien entonces regentaba la cafetería. «Subía a merendar un zumo de naranja grandecito y un sándwich a la plancha. Era muy cercano, extrovertido, siempre cordial, amable y educado. Tiene un estatus de estrella y sigue siendo el mismo chico, admiro eso. Te encuentras con él, viene y te saluda con la misma cercanía de siempre. Es un chico excepcional», comenta.
Porque si algo se nota es la cercanía con la que Yeremay trata a los trabajadores del club, y viceversa. «Me apoyo en mis compañeros y en la gente de Abegondo: la cocinera, seguridad, utilleros, gente de la cantera, conductores, limpiadoras… Siempre que pasan les hago bromas. Intento pasar un tiempo con ellos. Soy un privilegiado y estoy encantado de compartir todo esto con ellos», reconoce.
Su esencia se mantiene intacta con el paso de los años. «Le gusta escuchar, es empático, aunque tiene su carácter jugando. Era muy bromista, le gustaba picar a la gente, incluso en el bus de camino a la residencia. Pero, si veía que alguno lo estaba pasando mal, se preocupaba», explica Meli, y añade: «Me rompí el ligamento cruzado y él fue el primero en escribirme y darme ánimos, interesándose y preocupándose por mí. Cuando me recuperé, de hecho, vino a ver el partido». «En lo personal, no tiene mucho margen de mejora», añade Alfonso Rey.
Porque en Yeremay siempre ha estado muy presente cuidar a los demás o dar cariño a quien ve más necesitado. Así lo demuestra Elkin Flórez. «Un día estaba reunido con un chico, hablando de temas de estudio y entró él. Se sienta y dice ‘‘¿qué pasa aquí?’’. Conté hasta cinco y le dije de qué estábamos hablando. Si me preguntan cuál fue el momento en el que vi que había interiorizado todo lo de los años anteriores, fue ahí. Por cómo le ayudó’», comenta. También recuerda cuando en la residencia estuvieron jugadores japoneses. Yeremay ya no vivía allí, pero aún así acudía a por ellos, les invitaba a merendar e, incluso, los llevó al circo. «Creo que se identificaba con ellos», añade Flórez.
«Un día me llamó para ir a merendar. Le dije que estaba reunido con un chico que tenía dificultades en el fútbol, y me contestó que viniese él también. Yeremay estaba acelerado, preguntando cómo podía ayudarle. El chaval llevaba una racha mala, sin marcar goles y, en la despedida, le dijo: ‘‘Voy a ir a verte y vas a marcar’’. Lo hizo, y el chico marcó. Siempre ha tenido esa intención de ver cómo puede ayudar», incide el responsable de la residencia.
En marzo, junto a Joaquín Sorribas, el psicólogo del equipo, hicieron un programa de autoconocimiento, y debía nombrar los valores y fortalezas que tenía. Valiente, alegre, humilde, sincero, leal y generoso. Así se definió Yeremay.
Es una persona sin filtros. «Por mucho que le puedas decir las cosas, cuando sale a hablar, dice lo que siente. Es así, como es en el campo. Siempre digo que es un filósofo. Cuando sale en rueda de prensa a decir que el balón es redondo y el césped es verde, es así...», resume Benassi, que enmarca la apuesta del club por Yeremay en la filosofía global de apoyo a la cantera.
Y esa personalidad, sumada a su clase y empeño, le ha llevado hasta aquí. En el lugar oportuno, en el momento idóneo. «Estando en juveniles, en un transporte, le dije que era difícil llegar al primer equipo, pero que no tanto como cuando el Dépor estaba en Champions. Le puse de ejemplo la frase de Camacho de que un canterano debía tirar la puerta para llegar al primer equipo y que, en ese momento, en Primera Federación, se podía. No tiró la puerta abajo, no dejó ni una en la ciudad deportiva», comenta Alfonso Rey, que se ha encontrado con canteranos que «quieren ser como él de mayores». «Uno ve la jugada maradoniana en Zaragoza y el gol al Almería... Las personas se llevaban las manos a la cabeza, sin creérselo». Empático, cercano y bromista. Así es Yeremay, el chico de la magia infinita.