El Deportivo pierde hoy lo peor que puede añorar un equipo, que vive de la identidad, la nostalgia y ese irracional apego a once tipos detrás de un balón. Con la muerte de Arsenio, el Deportivo pierde parte de su memoria. Porque en muchos de los episodios que marcan lo que hoy es el deportivismo, estuvo de alguna forma presente. Con su vida podría narrarse la historia más reciente del Deportivo: ascensos, descensos, fiascos y éxitos. Eso es este equipo, como todos, pero como ninguno. El rapaz de aldea que triunfó en el conjunto de la ciudad, el que emigra, que va y viene con una pelota en los pies. El que luego se convierte en entrenador. Y es entonces, casi cuando ya no se contaba, cuando su figura se convierte en imprescindible.
La muerte de Arsenio la lloran varias generaciones porque, si no fue el último romántico del fútbol, sí fue el abuelo de varias generaciones de deportivistas, justo cuando el éxito podía amenazar su autenticidad. Tenía la sorna, la prudencia, la ironía, la viveza, la humildad y la valentía de nuestros mayores. Por eso tantos lo vieron, lo vimos, lo quisimos, como si fuera alguien de la familia. Un de nós. Él más que ningún otro.
Arsenio, el de las concentraciones en Vilalba, el chubasquero Umbro, los paseos matinales para estirar las piernas el día de partido, la copa de vino para los jugadores en la comida (¡que mal vai facer!), y la americana en la sala de prensa, no solo creó un equipo, sino que perfiló un universo.
Por eso las anécdotas que desde ahora se rescatan, las ciertas y las otras (porque se non è vero, è ben trovato), retratan tanto como sus éxitos a un entrenador que se explica también con sus sentencias lapidarias. Como la que le lanzaron: «Arsenio, ¿qué?». No era mal manera de afrontar una rueda de prensa. Escuchando ahora sus frases se recuerda y se imagina mejor que con cualquier vídeo el inicio del mejor Deportivo. Con orden y talento, porque cuánto sufrimos, Martín, y allí abajo está Ipurúa, recordad de dónde venimos, porque la fiesta te la quitan de los fuciños, y luego hay mucho que decir y poco que contar, antes de que Dios reparta suerte.
Arsenio, además, claro, fue un entrenador extraordinario. Después de él, no hubo otro que apostase más por la cantera. Ni en Primera ni en Segunda ni en ningún sitio. Para terminar con la longa noite de pedra del deportivismo se fio de Fran, de José Ramón, de Antonio, dio minutos a Manuel... Y lo mismo lo repitió en la élite: David, Vales... Triunfó con estrecheces y con los mejores peloteros, a los que mimaba tratándolos como a hijos, como a Bebeto o Mauro. Aguantó de todo. Y se marchó varias veces, para no molestar. Casi siempre con un éxito. Como el ascenso de 1991 y la Copa de 1995. Pero, en realidad, nunca se fue. Nunca se irá.