De la «longa noite de pedra» a la tarde que quemó el «meigallo» del Deportivo

TORRE DE MARATHÓN

XOSÉ CASTRO

Los 18 años hasta que el equipo coruñés volvió a Primera en 1991 están repletos de decepciones y lágrimas. El monográfico al completo aquí

06 jun 2021 . Actualizado a las 16:18 h.

Aquel triunfo frente al Murcia tuvo mucho de San Xoán adelantado, de quema de prejuicios del pasado, de liberación y, sobre todo, de oportunidad. Atrás quedaban los descensos a Tercera y Segunda B; la derrota cuando bastaba un empate contra el Rayo en 1983; el atraco en el Tartiere a los niños del ascenso en 1986; el maldito play-off, con el penalti de Alvelo, en 1987; los llantos en Pucela por la Copa de Hierro y Soriano Aladrén, en 1989; y la frustrada promoción con el Tenerife, doce meses antes de queimar o meigallo. El Deportivo volvía a ser equipo de Primera División tras casi dos décadas repletas de frustraciones y lamentos. Fueron 18 años de desasosiego y pérdida de identidad de una ciudad que se cobijó bajo los éxitos de otros deportes, como el hockey sobre patines.

El deportivismo era por entonces una pasión menos numerosa que la actual: poco más de 16.000 socios, comenzaba a brotar una nueva afición en los fondos del estadio, la deuda ya era gigantesca y se arrastraba la losa de 18 años paseándose por campos como el viejo Ipurúa y el Muro de Zaro, de Avilés. El ascenso había pasado a convertirse en un cuento chino, un sueño inalcanzable para buena parte de los fieles del viejo Riazor, que asistían con una mezcla de esperanza y resignación al desempeño de un equipo que venía de unos años 70 en que subía por inercia y bajaba por obligación sin aprender absolutamente nada de su pasado.

Había una rabia en los aficionados que explotó con aquel ascenso, capaz de pasar página a casi dos décadas enlazando disgustos. Hasta aquel feliz 1991, la última vez que el equipo coruñés había pisado la máxima categoría había sido el 20 de mayo de 1973, cuando perdió frente a un Atlético de Madrid que se había proclamado campeón con aquel triunfo.

En Tercera y Segunda B

A este cuadro blanquiazul le siguió el que acabó precipitándose consecutivamente desde Primera a Segunda y a Tercera (no había Segunda B) en apenas un año. De vuelta a la división de plata, el 1 de junio de 1980 volvió otra vez a la tercera categoría (que entonces sí se denominaba como en la campaña recién finalizada), pese a derrotar al Getafe por 3-4. Otra vez de regreso a Segunda, el Dépor aún sufriría el desencanto del ascenso fallido contra el Rayo. Fue el 22 de mayo de 1983, cuando un empate hubiera dado a los coruñeses el empujón a Primera, pero cayeron por 1-2 en Riazor. Los vallecanos solo se jugaban la prima del Mallorca.

El drama se repitió en 1986, cuando una polémica derrota contra el Oviedo (con un gol de penalti inventado por el árbitro Villena Peña) en la penúltima jornada, en un Carlos Tartiere abarrotado de seguidores coruñeses, impidió que el Deportivo dependiese luego de sí mismo para retornar a la élite. Fue el malogrado éxito de los niños del ascenso, tal y como Vicente Leirachá en su columna Punto de Mira denominó a los casi 3.000 cativos que habían acudido a Riazor solo una semana antes para guiar a su equipo al triunfo frente al Albacete.

La antepenúltima desgracia llegó contra el Celta en el play-off de 1987 y encendió una mecha con el eterno rival que aún hoy no se ha extinguido. Fue el llamado penalti a Alvelo, que el colegiado Díaz Vega señaló como pena máxima cuando había sido un metro fuera del área. La presencia de las cámaras de televisión dio aún más difusión al error arbitral y hubo carga policial en el estadio, heridos e incidentes por la ciudad. La derrota (0-1) hundió anímicamente al Dépor, que no levantó cabeza el resto del play-off.

Otro polémico arbitraje, este de Soriano Aladrén, también frustró al equipo coruñés en 1989, cuando por primera vez accedió a las semifinales de Copa. Tras el 1-0 de Riazor, en el estadio Zorrilla, durante la prórroga y en claro fuera de juego, Peña dio la vuelta a la eliminatoria. La actuación del colegiado había sido pésima desde el principio, pues permitió el juego brusco del Valladolid, en especial el de Fernando Hierro sobre Fran.

Alivio contra el Racing

Aquella había sido la primera temporada completa del retorno de Arsenio al banquillo, pues el club había vuelto a echar mano del exdeportivista. El Zorro de Arteixo también dirigía al Deportivo cuando el 22 de mayo de 1988 un salvador gol de Vicente Celeiro en la prolongación del partido contra el Racing de Santander evitó un nuevo descenso a Segunda B y, seguramente, la desaparición.

En una montaña rusa de emociones, el 10 de junio de 1990 el Dépor se quedó a un paso del ansiado ascenso a Primera tras una apretada promoción con el Tenerife. Un parcial arbitraje de Ramos Marcos en el Heliodoro no solo impidió regresar con un triunfo (0-0), sino que condicionó la vuelta, pues mostró tarjeta amarilla a Raudnei, que así se perdió el partido de vuelta. En casa, los nervios atascaron a los blanquiazules, y un golpe de suerte (cabezazo de Edu al larguero que entró en la portería tras pegar en la espalda del guardameta Fernando) dio a los isleños la victoria por la mínima.

Un suplemento que aborda el ascenso desde varios puntos de vista

El especial incluye la crónica de un partido marcado por el incendio de la cubierta de Preferencia. Con las palabras de Carlos Ballesta, su inseparable ayudante, se traza una crónica del sello de Arsenio Iglesias, un símbolo del deportivismo, en aquel equipo. También recoge la participación de todos los protagonistas de aquella liga y a qué se dedican en la actualidad los jugadores del Dépor que dispusieron de minutos aquella temporada. Además, se incluye una entrevista con Fran, uno de los grandes talentos de aquella plantilla, si no el mayor, y un artículo de opinión de Martín Lasarte. Por último, un amplio reportaje repasa lo que sucedió después del ascenso, la etapa brillante del equipo, con seis títulos, en años que el club vivió por encima de sus posibilidades, y sus problemas recientes, como consecuencia de una deuda que llegó a alcanzar los 180 millones. El especial sobre el ascenso de 1991 se cierra con un artículo de opinión de Paulo Alonso