Una estupidez y la resistencia de un Deportivo de vietnamitas


A Gaku se le atribuía al menos un cierto temple como esporádico capitán de la selección de Japón, un país que no entrega los símbolos a un cualquiera. Pero el despropósito de la temporada del Deportivo también ha alcanzado a Shibasaki en las formas con una entrada estúpida y gratuita, porque el juego pocas veces le ha acompañado como blanquiazul. Al Dépor posconfinamiento la expulsión debía haberle zarandeado como el preludio de otra pesadilla de las que acostumbra a regalar a su gente desde hace ya no se sabe hace cuánto tiempo.

Hasta ahí el fatalismo. Porque de la miseria de verse en inferioridad con la eternidad de una hora de fútbol por delante nació el Deportivo de los vietnamitas, en expresión de Fernando Vázquez, el de la resistencia agónica, esforzada y también desesperante, que tanto juego dio el técnico en el inicio de su segunda luna de miel con el deportivismo.

En ese juego de trincheras, porque el fútbol de virtuosos que se le suponía a esta plantilla hace ya tiempo que casi nadie se lo cree, Bergantiños y Agbo representaron la honradez y el sentido de la responsabilidad que tanto le faltó al Deportivo de las desesperantes tres jornadas anteriores. La alargada figura del nigeriano había sido una de las extrañas buenas noticias del regreso del fútbol a Riazor, y el encaje de Bergantiños en medio de dos chavalitos resultó el inteligente hallazgo de Fernando Vázquez en Elche.

El ejercicio de resistencia —la misma noche de San Juan que el Deportivo de Martí tiró el ascenso en Son Moix— lo resumen un par de datos: los 46 despejes en hora y media del Deportivo, con Bergantiños en plan pulpo aportando 15 rechaces. ¿Y si un día este equipo se anima a no regalar nada y hacer lo justo? Habrá empezado a salvarse de verdad.

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