Bicho: «Ahora espero la noche, cuando nadie pregunta dónde voy a jugar»

El futbolista de Sada, que tiene ahora 23 años, repasa su fugaz carrera de seis temporadas, del debut con el Dépor y los entrenamientos con el Barça al paro


Solo faltan diez días. El 22 de septiembre habrán pasado seis años desde la última vez que jugué en Riazor.

Tenía 17 y muchos pensaban que iba a ser la próxima estrella del Deportivo. Yo mismo me creía ya parte del equipo, recién llegado del Juvenil. Fue después de aquel verano extraño, cuando Fernando Vázquez nos incluyó a Dani Iglesias y a mí dentro del grupo que se fue concentrado a Monforte. Un montón de canteranos a la espera de que el club salvase la mala situación económica y pudiera fichar. La situación era fastidiada, pero nosotros lo disfrutábamos. Todo el mundo nos trataba de diez y como veíamos que no llegaban jugadores, conforme iban pasando los días y los amistosos, nos lo íbamos creyendo. Dani y yo pensábamos «ojalá podamos ir convocados». Y llegó el primer partido oficial, y mi nombre estaba en la lista.

En Las Palmas solo jugué tres minutos. Ganábamos y nos habían expulsado a Culio; yo salí al final, para perder tiempo. No me lo creía. Cuando iba a saltar al campo, el linier me dijo: «Qué, estás nervioso, chaval». No llegué a tocar el balón, pero volví a casa eufórico. Juan Carlos [Real] me llevó en coche a Sada, que estaba de fiestas. Llegué a las tantas de la mañana y me fui a celebrarlo con mis amigos, con el chándal puesto. En la jornada siguiente me estrené en Riazor. Con Dani, mi mejor amigo en el mundo del fútbol. Ninguno vamos a olvidar aquel día.

Seguí trabajando con el primer equipo, pero mi cabeza estaba en el Juvenil. Se notaba en los detalles. Me llevaba a los entrenamientos el mismo taxista de siempre, desde Sada, y nos costaba ser puntuales. Solía llegar cinco minutos tarde, hasta que un día me dijeron «tú, enano, qué es eso de llegar siempre el último». No controlaba esas cosas, pero todos me echaron una mano. El míster me trataba con muchísimo cariño. Marchena fue como mi padre en el vestuario. Me daba consejos, me cuidaba. Hasta hubo un día que me quedé a dormir en su casa y al día siguiente me hizo el desayuno y me llevó a entrenar.

Mi primer partido de titular fue en Tenerife, y al día siguiente, en los periódicos se empezó a hablar del interés del Castilla y del Barça. Luego fui a un partido con la sub-18 gallega en Santander. Al acabar, el seleccionador me dijo que habían venido a verme de Barcelona. Unos meses después, mi representante me confirmó el interés, y en verano llegó la oferta. El primer equipo había ascendido, ahí ya no tenía sitio, y el filial estaba en Tercera. No lo dudé.

Fue difícil. 18 recién cumplidos. Nunca había salido de casa. Acababa de echarme novia, que encima era menor de edad. Por suerte, tanto ella como mi familia y mis amigos se las arreglaron para venir a verme seguido. Casi no tuve ocasión de pasarlo mal. Y eso que las cosas se torcieron, aunque arrancaron muy bien. Eusebio me dio confianza, yo era el más joven del Barça B y me puso de titular en Segunda. Pero empezamos a perder partidos y poco a poco dejé de contar. Eso sí. Tuve tiempo de vivir un momento espectacular.

Yo acababa de volver de jugar con las sub-19 y Eusebio me comentó que en esa jornada no me iba a convocar y que podía irme a casa. Estaba a punto de sacar los billetes, había metido ya los datos de la tarjeta, y me llamaron para decirme que al día siguiente entrenaba con el primer equipo. Recuerdo que me eché a temblar. Esa noche no dormí.

Rondo eterno en el Barça

Por suerte subió conmigo otro chico del filial. Así fue un poco más fácil. Eso sí, nos metieron a los dos en el centro del primer rondo y casi no conseguimos salir. Fue una gran experiencia, pero las cosas no tardaron en torcerse. Despidieron a Eusebio y el siguiente entrenador no me dio casi ninguna oportunidad. En verano me lesioné, el equipo había descendido, y quedó claro que no iba a seguir. Me fui a Leganés en el último día de mercado. Aquel fue mi gran error.

No sé qué pasó ahí, ni qué intereses hubo para llevarme, pero yo no encajaba en absoluto el perfil de jugadores que buscaban en el club. Desde el primer momento me hicieron trabajar casi al margen del grupo. Fueron meses durísimos. Por suerte, mi hermano se vino a vivir conmigo, Dani Iglesias estaba jugando en el Guadalajara, y en el Lega estaba Pablo Insua y había un vestuario espectacular. Pero en lo futbolístico, por primera vez pensé en dejarlo, en coger las maletas sin decirle nada a nadie y plantarme de vuelta en casa. Y que pase lo que tenga que pasar.

En invierno me fui al Compos. Vuelta a Segunda B, con unas ganas enormes de disfrutar del fútbol. Y lo que conseguí. Fredy, el míster, fue clave. De alguna manera, volvía a empezar.

De ahí, al paso por el Racing. Lo mejor de mis últimos años. 36 partidos a buen nivel y un gol del que por unos días habló todo el mundo. Hasta me llamó Manolo Lama para entrevistarme. No habría más momentos felices en mi carrera hacia donde estoy ahora; al menos, a nivel individual. Eso, lo sé dos años después.

Porque en el curso siguiente hice la pretemporada con el Dépor, y hasta se comentó la posibilidad de que hubiera un sitio para mí, pero yo tenía claro que no. Y no me importaba regresar al filial. Además tenía edad para alternar equipos, pero cuando todo parecía ir bien, empezaron las lesiones. Y no acabaron más.

El hombro se me salió varias veces hasta que me operé. La recuperación se estiró y volví casi para el play-off. A los pocos meses, ya el verano pasado, un desgarro muscular, y la pubalgia después. Pensé varias veces en la retirada, pero solo sé jugar al fútbol. Cuando me recuperé, el Fabril ya estaba en Tercera y mi contrato a punto de acabar.

¿Qué pasó después? Mi representante, que había ido espaciando sus contactos, dejó de llamarme. Acabó julio y decidí romper con él. Empecé a buscar por mi cuenta, pero en Segunda B la mayoría de equipos solo tenían fichas sub-23. Llegó la famosa criba: desaparecieron quienes solo estaban por interés. Acabó el mercado. Se repetían situaciones incómodas. Y sigo buscando, con 23 años, en cualquier parte. Ahora, mientras espero, prefiero la noche. Cuando nadie pregunta dónde voy a jugar.

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