Una caricatura de equipo pincha la ilusión del deportivismo


El Deportivo perpetró ayer un final de temporada lamentable. Después de que Riazor levantase el ánimo de un equipo desdibujado durante casi toda la temporada, después de jugar medio partido en superioridad en casa, después de tres días para preparar con inteligencia 90 minutos que cerrasen el ascenso a Primera División, el equipo volvió a la versión que desesperó a su hinchada durante todo el invierno. De entrada, se echó atrás, regaló una barbaridad de metros y dejó que fuese el rival quien escribiese el desenlace de la eliminatoria. Y el Mallorca, que ya había sido un equipo valiente y ordenado en la ida, aprovechó el detalle. Sin un líder en el campo, donde la ausencia de Bergantiños se convirtió en un lastre clamoroso, el Deportivo jamás dio la sensación de poder salir vivo de Son Moix. No hubo respuestas ni en el verde, donde se generó un boquete infinito en el centro del campo, justo donde acosumbra a mandar el capitán, ni en el banquillo. El Deportivo solo dio un paso al frente cuando el rival le cedió unos metros para matarle suavemente al contragolpe. El fiasco deja al club sin el colchón para mitigar el golpe de la caída a Segunda de la temporada pasada. Consumido el seguro de descenso, gastada la bala de subir con un presupuesto de equipo grande entre modestos, le toca prepararse para un escenario delicado. Curtido en mil batallas como futbolista, Paco Zas tendrá ahora que abordar la gestión de un palo cuyas proporciones el deportivismo todavía está por encajar.

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