El último servicio de Manuel al Dépor


Manolito es un chico muy de barrio. De Monte Alto. De al ladito de la iglesia de San José. De los que, como Luis Suárez -cierto, no tan exagerado- pueden pasar años lejos de Coruña que no pierden el acento y, sobre todo, algunos giros koruños.

Un chaval que apenas tenía once años cuando se enfundó su primera camiseta blanquiazul con escudo oficial. Antes se la había puesto, pero comprada, de aquellas que vendían con el escudo por separado y que, como te fiaras de los dependientes de algunas tiendas, acababan colándote la de la Real, jurando que eran iguales. Manolito era de los que conocían bien la deportivista y la diferenciaba.

Porque era uno de esos niños que los sábados se acercaban con sus botas y su pantalón corto a los campos de A Torre -entonces propiedad del Dépor- con la ilusión de que Luis Ucha les tocara el hombro y los eligiera para el principal partido. El resto, también jugaban, pero sin la atenta mirada de los máximos responsables de la cantera.

Hasta que se convirtió en profesional -ya llamándose Manuel- solo dejó de defender ese escudo cuando fue cedido al Orillamar. De ahí regresó al Dépor, pasando por todas las categorías, hasta llegar al primer equipo de la mano de Arsenio. Luego haría carrera fuera, pero esa es otra historia.

Y ese chaval de Monte Alto hizo su último servicio del ejercicio a su Dépor. Tras acudir al rescate del Extremadura hace unos meses y obrar el milagro, Manu Mosquera -así lo llaman desde que es técnico- consiguió recomponer un equipo destrozado tras la muerte de Reyes para ganar en Cádiz. Hizo más que cualquier jugador del Dépor que no fue capaz de marcar un gol en Elche. Gracias a Manuel, el Dépor vuelve a depender de sí mismo.

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