Hay una peligrosa inercia en el Deportivo: los severos exámenes de casa. Tanta ilusión había en el ambiente por volver a aplaudir al equipo, tanto lo echamos de menos durante los retrasos de las obras, que a su regreso con solo cuatro fogonazos (un par de triunfos por los pelos y dos goleadas marcadas por la efectividad) nos deslumbró a todos. Qué maravilla, vaya plantilla de cuento, el ascenso está hecho. No valieron para adelgazar el suflé ni esas palabras del entrenador de que nadie va a ascender a ocho jornadas del final, ni aquellas del presidente diciendo que la clasificación demostraba que el Dépor no había sido el mejor de nada. La fiesta seguía, la exigencia se disparaba y los rivales arrimaban el ascua a su sardina. Que si cuánto quedaba para subir, que si de largo la mejor plantilla de Segunda,... Toda la presión para el Dépor, disparemos la euforia en A Coruña y que arda la hoguera de las vanidades.

La Liga sigue, apenas van 24 de las 42 jornadas, y puestos a crecer, ¿dónde es más fácil hacerlo para el Dépor? ¿En la verbena de Riazor? Pues llegan a Riazor el Numancia, el Lugo o el Tenerife (rivales de la media tabla hacia abajo, es decir, carne de cañón para este Madrid de Segunda) y la juerga deja paso a la preocupación, los aplausos se callan mientras se multiplican los rostros serios. El estadio ya no es un fortín, el equipo duda, el paseo militar se difumina y solo queda una puerta de escape: mejorar el desalentador rendimiento que había mostrado fuera. Y ahí surge el problema y el desafío: ¿está el Deportivo preparado para ganar como visitante aquello que no suma en casa? En Gijón lo consiguió. Veremos qué pasa en Granada, otro escenario de postín para un equipo en plena digestión de su nuevo rol, ese que va desde la fiesta a la exigencia.

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Riazor, de la fiesta a la exigencia