Una hora de criterio y un final deslavazado


Para empezar, Natxo González ha decidido jugársela con su idea. Desde su particular dibujo en rombo hasta los elegidos. Porque el once que plantó en Albacete, bastante alejado de lo que había mostrado en Abegondo, responde a cualquier intención menos a una inercia, con decisiones muy personales. Por ahora este Dépor quiere. Otra cosa es que pueda, que vaya a tener el éxito suficiente para hacer olvidar tantos despropósitos recientes. Volvió al pozo de Segunda con vocación de ser protagonista a través de su primera alineación de verdad ?después de las verbenas del verano, solo completó en Albacete un paso de los 42 o 46, el maratón largo que exige un ascenso?. Y gustó durante un tiempo, antes de deshilacharse en un final disparatado. Como equipo quiso de entrada el balón y encontró opciones de pase porque había futbolistas que se ofrecían aquí y allá. Una ilusión a la que aferrarse después de una temporada ?o varias? infumable. Una etapa en la que el objetivo declarado por los futbolistas cada verano era pasar una temporada «tranquila», y de tan plácida derivó en sesteos en el campo.

Pero olvidemos el desastre que la purga en el vestuario pretende enterrar. El destierro de las tres primeras jornadas lejos de Riazor, un desembarco delicadísimo, empezó con una faena a medias. Porque el Deportivo ofreció una hora con bastante criterio hasta que se le apagaban las luces en la zona de peligro. Pero en cuanto marcó ?al final de una larga jugada nacida en una falta? y el rival dio un paso adelante empezó a dudar. Empató el Albacete por culpa de un penalti injusto, y el equipo de Natxo González ofreció un final deslavazado. Un punto que sabe a poco, un punto que castigó su miedo.

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