Un fracaso colectivo

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No hace falta ver a Çolak demasiado tiempo para saber que es un jugador diferente. Por su trato del balón y su capacidad para asociarse, por su capacidad para transformar un partido por encima de los grilletes de una pizarra. Su cara de niño pillo y su ingenio delante del micro terminaron de allanar el camino hacia el aplauso fácil de Riazor. Pero un jugador de su clase no llegaría libre al Deportivo si no fuese porque su capacidad para entrenar y competir con regularidad fuese limitada. Y con ese mismo lastre abandona A Coruña, sin haber conseguido poner de su lado a ninguno de sus cuatro entrenadores. Por eso al abandonar la élite europea se marcha a un destino desconocido.

Çolak cierra un ciclo y deja la sensación de lo que pudo haber sido y no fue. Suya es la máxima responsabilidad de no haber encontrado su sitio en una liga de primer nivel durante estas dos temporadas. Pero el fracaso de esta pequeña metáfora del Deportivo más reciente alcanza también a los entrenadores que no encontraron la tecla para motivarlo. De eso también va el oficio de los banquillos, de encauzar tipos dispersos, engrasar personalidades difíciles y hacer que el domingo todos los que defienden la misma camiseta encajen como una pandilla bien avenida, aunque en este negocio los futbolistas ya casi nunca lo sean.

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