Un penoso y merecido descalabro para el Deportivo

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Acabó el partido y Seedorf recurrió a las matemáticas para conceder posibilidades de permanencia al Deportivo. Traducido desde el lenguaje habitual de los entrenadores, viene a interiorizar por primera vez que el descenso ya solo depende de un milagro. Cuando se consume, será un descalabro penoso y merecido. Lamentable porque una plantilla que costó más de 40 millones arruina el esfuerzo por reconstruir un club centenario. Esta vez el vestuario arrancaba con el cartel de decimotercer mayor tope salarial de Primera. Y nadie podrá decir que la caída al pozo no será justa. De hecho, el Dépor vino a jugar ayer algo así como su primer partido de Segunda. A cada uno de los lados del campo, equipos que visitarán la próxima temporada Los Pajaritos y el Mini Estadi, aunque ayer lucían con jugadores que en verano pedirán la cuenta para cambiar de camiseta. Y ante un rival igual de defenestrado, y en su última oportunidad en casa, el Dépor fue superior y generó más peligro, pero tampoco ganó... A base de impulsos y detalles aislados, dentro de ese deslavazado juego de pelotazos en largo y arrebatos de garra, su producción resultó insuficiente. No tiene este Deportivo ni la coartada de culpar de su descalabro a ningún tópico. Ni a los arbitrajes, ni a las lesiones graves, ni a la mala suerte. Nada. Se estrella porque lo merece. Porque su columna vertebral del enésimo partido del año, por ejemplo, la formaban el cuestionado Rubén, el criticado Albentosa (fuerte para revertir la ira suicida de parte del público de Riazor cada vez que ayer tocaba un balón), un Muntari fondón y el peleón Andone. Pero aún desahuciado, el Dépor debe agotar hasta su última opción. Por respeto, por dignidad, por si hay milagro.

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