Fichajes caros de rendimiento pobre

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La grada de Riazor tiene una memoria rica en desengaños y fatalidades. Por eso, la hinchada de un campeón de Liga es también generosa cuando toca sufrir en tardes en las que el desánimo se filtra hasta el alma como la humedad cala en el cuerpo. Nadie puede dudar de la afición, de los más de 20.000 que cada 15 días se convencen de que esta vez sí llegará la reacción. Esta temporada le permitía esperanzarse con la plantilla, pero un grupo de jugadores por debajo de sus expectativas le ha robado de nuevo la ilusión. Porque el crédito del verano de Abanca no solo respaldaba la supervivencia del club, sino que desbloqueaba el corsé que solo permitía fichar remiendos. Así que las negociaciones de agosto alumbraron una plantilla ya nada barata. Con jugadores pagados de manera que los más optimistas pensaban en poder asomarse a Europa.

Pero la temporada resulta un desastre. El Dépor chapucero de otros años, el de los impagos, se convierte ahora en un lugar idóneo para labrarse un futuro. Aquí se cobra al día y desde la plantilla se busca siempre «una temporada tranquila». Y aunque en realidad debía de aspirarse a mucho más que una campaña funcionarial, cualquiera suspiraría ahora por un curso plácido, lejos de los despropósitos de los últimos meses.

Una cantidad ya muy respetable, cinco millones de euros, costó Guilherme, sin que haya conseguido convertirse en el mediocentro de jerarquía que ansía desde hace tiempo el Dépor. Caso aparte merece Lucas. Las negociaciones para su regreso, su llegada casi al filo del cierre del mercado de fichajes y su deportivismo generaron una ilusión que ahora se vuelve en su contra en una campaña en la que no le sale nada. Entre salario y compensación al Arsenal, la operación para devolverlo, con un caché que las libras frescas del club británico habían elevado después de su brillante papel en la liga 2015/16, rebasa los cuatro millones de euros. El alto desembolso alcanzó a otros jugadores.

Gastos y más gastos, ya convertido el Dépor en un club de la clase media de Primera, pero que juega como un conjunto de Segunda. El penúltimo en llegar, Eneko Bóveda, quiso ayer defender que el equipo ni vaga por el campo «ni es un alma en pena ni está muerto ni está a punto de morir». El problema no es lo que crea cada uno, sino lo que dicen los hechos: dos puntos de los 27 últimos en juego.

¿Tiene margen para reaccionar el Dépor? Claro que lo tiene todavía, pero solo si esta plantilla acomodada transforma su penoso caminar por la liga.

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