Cuatro segundos de magia

Se cumplen 18 años del día que Djalminha encandiló para siempre al deportivismo y, de paso, a todo el planeta fútbol


Apenas veinte minutos. No hacen falta más para que el espectador novel ame para siempre este deporte. Para que un niño que acude por primera vez al que será el estadio de su vida, todavía sin saberlo, decida que esos colores son los suyos. De hecho podrá incluso malgastar algunos de esos minutos porque le sobrarán. Es en realidad un lapso mucho más pequeño el necesario. No hace falta ni siquiera un gol, pese a lo manido que está lo de que sin goles no hay fútbol. Eso sí, para que todo esto se dé, es imprescindible un mago. El 6 de febrero del año 2000 ese mago llevaba el 8, era brasileño e inesperadamente demostró a más de 30.000 personas que un instante puede durar para siempre.

Centro colgado por Fran desde la banda izquierda al corazón del área. Envío quirúrgico, directo al corazón, como tantos en su carrera, pero aparece la cabeza de Sanchís para despejar. Esférico a la frontal, un bote y la baja Djalminha. Recibe solo, a unos siete metros de la frontal del área grande.

Todo sucede en cuatro segundos. De cronómetro. El paso estrella de un baile histórico. Djalminha acomoda la pelota a su pierna izquierda y Hierro acude a encimarle como un tiro. Levanta su brazo derecho el ex del Palmeiras, un gesto a descartar en cualquier crónica pero no cuando se trata de él. Cada movimiento es armónico y en el dedo corazón de su mano derecha al aire empieza todo. Como una máquina de plasticidad perfecta.

Fran le pide al brasileño la pelota batiendo sus palmas para tirar un nuevo centro pero el media punta no lo ve o, quizás más verosímil, no quiere verlo. Tira la finta, Hierro no entra. «Por aquí no», piensa el gran capitán. «Si no es por ahí será por donde sea», piensa el brasileño que combina a la perfección las formas de sus dos pies para elevar por encima de Redondo, Karanka y Hierro y por detrás de su cabeza el balón. 

Una parábola surge en el aire dejando al triángulo equilatero formando por los tres defensores del Madrid en eso, una forma geométrica. Espectadores privilegiados. El balón sigue volando. Mirada al aire de Sanchís. Mirada al aire de Romero. Con un poco más de perspectiva pero también impotente, observa Míchel Salgado. Como teledirigido el balón acaba en los pies de Víctor Sánchez del Amo que controla y arma el disparo. Fue más rápido Roberto Carlos que corrigió rápido su posición para destartalar un gol que hubiese sido antológico.

El debate de los expertos tomó el testigo de los aficionados. ¿Lo había hecho adrede?, ¿le sonrió la suerte? La teoría se empecinaba en llevarle la contraria a la fantasía. A día de hoy sobra decir que los teóricos perdieron la guerra. 

Todo esto sucedió antes del minuto 18 de encuentro de aquel 6 de febrero de hace 18 años. En ese minuto Djalminha ejecutaba un tiro libre perfecto para poner el 2-0 en el marcador que hubiese sido la jugada destacada de cualquier partido. De cualquier partido sin magia, claro. El espectáculo del 8 continuó. Con el pitido final: 5-2. Manita e inyección de moral en el camino hacia la primera liga. ¿Lo recuerdan? Probablemente no con nitidez todos los goles, ni el orden de los mismos. Eso es porque cuando recuerda, cerrando los ojos, el trailer eclipsa a la película. Cuatro segundos de magia. 

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