El año de la frustración

El bochornoso esprint final del Deportivo abunda en la sensación de cabreo de la afición tras una temporada cuyo feliz desenlace (si llega) pocos celebrarán


La Voz / Redacción

El Deportivo sigue a un paso propio (o más bien, un tropiezo ajeno) de lograr el objetivo único e imprescindible de esta temporada, como de las dos anteriores y probablemente de un puñado de las siguientes. Y sin embargo, pocas veces transpiró tanta frustración el deportivismo, tanta decepción rabiosa que incluso se filtra en algunos estamentos del club (véase la bronca del presidente tras la victoria ante el Málaga). El equipo coruñés se ha empeñado en asomarse al precipicio, aunque nunca quisiera tirarse, y nadie tuvo el valor de empujarlo tampoco, tan pobre fue la competencia. Pero el devenir de la temporada, la sensación de pérdida con Lucas y Babel, el bochornoso esprint final… Se acumula el cabreo, más allá de que la línea de meta está ahí cerca, y no tiene pinta de que tras el último pitido del árbitro en la temporada nadie vaya a celebrarlo demasiado. 

En su último disco, Los Planetas rescatan la teoría anarquista de la Zona Temporalmente Autónoma, un concepto de culto entre hackerscyberpunks, que aboga por crear comunidades aisladas de las estructuras sociales y de sus convenciones, liberadas de las opresiones del capitalismo. El grupo granadino lo lleva a su terreno: las preocupaciones por gastar, trabajar y pagar deudas nos alejan de las emociones básicas. Se puede decir que el Dépor busca su Zona Temporalmente Autónoma, incapaz de encontrar alegría en su trabajo, agobiado por los calendarios del pago de la deuda, los mismos plazos que le obligan a salvarse año a año y repetir el ciclo: centrar los esfuerzos en sobrevivir y alimentar la hucha, sin distracciones posibles.  

El equipo coruñés es, ahora mismo, un obrero insatisfecho que ficha día tras día en su anodino empleo para llevar un sueldo a una casa en situación precaria. Simplemente, tiene que hacerlo. Salvo catástrofe que antes parecía rocambolesca pero que cada semana semeja un poco más probable, el Dépor cumplirá con su trabajo. Pero el fútbol es diversión y espectáculo, y últimamente hay poco de eso en Riazor. La frustración crece cuando asoman posibilidades de poner una chispa que haga esa necesidad algo más llevadera, pero esa chispa se escapa. Pasó con Lucas, camino de la Premier en busca de mayor prestigio profesional y un contrato de los que cambian vidas. Pasó después con Babel, un rescatado para el fútbol en A Coruña, en proyección de completar la mejor temporada de su carrera tras resucitar en Abegondo y emigrar a Estambul procurando un mercado mayor para su perfil de vida. 

El Deportivo nunca se recuperó del todo de la pérdida de sus dos jugadores más desequilibrantes en años. Gaizka Garitano hizo todo cuadrar cuando Babel pudo mantenerse con dignidad en el campo, pero después el equipo blanquiazul ha ido fracasando en su modelo de juego. El tramo final de la temporada ha depreciado el valor de mercado de varios de los primeros espadas de la plantilla, lo que complica la planificación del próximo reto a dos niveles: dudas competitivas y menores ofertas para reconstruir. Quizás el rendimiento de Çolak, Guilherme, Andone, los centrales y alguno más en los últimos tres meses hablen mejor del trabajo de Garitano que los resultados del técnico vasco. 

La frustración llegó también por el banquillo. A Garitano le cogieron ojeriza preventiva por su perfil público y por la dañina sombra del carisma de Paco Jémez. Y el efecto anfetamínico de Pepe Mel duró apenas un par de semanas. Echar un ojo a las primeras declaraciones del técnico madrileño («Nos creemos capaces de todo», «El deportivismo debe estar orgulloso de estos futbolistas», «Si compiten, pueden ganar a cualquiera») y compararlas con las más recientes habla a las claras de un súbito desengaño, con mensajes incluidos a la dirección deportiva y el entorno.  

Frustración es una palabra muy manida en los foros deportivistas por los equilibrismos dialécticos de Juanfran, pero también por la sensación de que, llegado cierto punto de la temporada, la plantilla haya interiorizado la realidad del club, asumido que el objetivo primordial se daba por hecho, y dimitido en el campo. No ayudaron a rebajar esa sensación de impotencia los patinazos de las redes sociales ni declaraciones con escasa empatía en sala de prensa. Y esa frustración lleva el riesgo de carcomer los cimientos de la masa social de cara a la 2017-2018, otro año de previsibles dificultades, que sería el octavo en un alambre que tiene a la afición blanquiazul siempre en constante miedo de caer.  

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