Once futbolistas no hacen un Deportivo

El Dépor sigue sin encontrarse cuando la Liga entra en su tramo definitivo


A Coruña / La Voz

Si Borja López no esconde algo más que un buen central bajo su metro noventa, al Dépor le quedan diez partidos de agonía, pataleando por salvarse. Víctor completó ayer 42 horas quemando munición. Salomão hizo de bala 27 y su concurso sirvió apenas para encender un ratito a la grada. La efervescencia del portugués y el ánimo popular desaparecieron juntos a las dos carreras. El de Amadora anda tan falto de ritmo como el equipo y el tramo final de un campeonato no es momento apropiado para seguir buscando el paso.

Perdidos ante un rival blando

En este equipo volátil mutado en pasarela ya han desfilado todos y hace más de una vuelta de la última (y primera) vez que el público abandonó maravillado el recinto. Entonces fueron titulares tres ocupantes de uno de esos edificios que miran al mar desde un costado de la Domus. Ayer el trío era carne de grada.

Uno es un polaco peleado con el castellano, que se las ha arreglado para hacerse querer sin abrir mucho la boca ni romper líneas con pases o regates. Que después de merendarse a la medular del Valencia se deshizo en elogios a su vecino de arriba. «No va a encarar e irse de cinco rivales, pero es capaz de mover al equipo, de jugar a uno o dos toques -afirmó Wilk de Medunjanin-. Y eso es fútbol para mí».

Ahora que el rubio está cojo y sus días en blanquiazul podrían ser historia, queda al menos esa reflexión sobre lo que debería ser su equipo. Justo lo que no es.

Ni siquiera ante un adversario como el Espanyol, empeñado en dejarse hacer, hubo en el Dépor atisbo de conciencia gremial. Los de casa se quedaron la pelota (55% de posesión) para recreo onanista. La mayoría de los futbolistas de Víctor se activaron solo en estampida vertical, con la bola ya en el pie. El resto del tiempo permanecieron ocultos.

Fariña empezó de enganche

Es cierto que el grupo de ataque también se echó alguna carrera a por el cuero cuando lo tenía el rival, pero en esa suerte volvió a faltar una coreografía que anulara las vías de pase.

En la línea avanzada destacó, por novedosa, la presencia de Fariña en su sitio natural. Desde la media punta, el argentino tomó parte en las aglomeraciones frente al área de Casilla. Más allá de trenzar un par de acciones de mérito, no logró mezclar con Cavaleiro, Lucas y Riera, que aún deben aclarar cómo aprovecharse del talento del compañero.

Luisinho toma el mando

Las presuntas estrellas no brillaron, así que el hombre del partido salió de una esquina. Luisinho pidió el balón (fue el que más lo tocó), metió centros con peligro, anuló a Lucas y evitó un gol cantado. Asumió además (quizá movido por la veteranía y las canas) el rol propio de un capitán. Exigiendo a los suyos y reclamando justicia al colegiado.

El peso de Bergantiños

El árbitro estuvo siempre a la altura de lo esperado: mostró tarjetas absurdas, abroncó al lateral por sus protestas y se tragó un penalti. La reacción del portugués tras la reprimenda fue exigir a Bergantiños que respondiera al peso del brazalete. Alex no acaba de asimilar su recién adquirida ascendencia. Ayer participó menos en unas tareas creativas que Borges asumió casi al completo hasta agotarse.

Salomão y el factor anímico

El coruñés se fue al banco para hacer sitio a un inocuo Juan Domínguez. Fue el último cambio de fichas que hizo Víctor sin alterar el dibujo. Los otros dos tuvieron menos trascendencia en lo futbolístico que en lo anímico. Por un momento la grada revivió abrazada a Salomão, pero la bala 27 se convirtió en tiro al aire.

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