Lendoiro regateó sin pudor ni excusa la moción de confianza, pero al menos ayer (en una histórica concesión a la democracia) todos pasaron por urna. Los del sí y los del no. Y no ocurrió nada. Ni muertos, ni heridos. Solo accionistas votando sin incidentes. Minutos de tregua en medio de la palpable tensión entre la que transcurrió la junta, antes incluso de su inicio.

A falta de media hora para el arranque oficial del acto, Germán Rodríguez Conchado abandonaba el recinto tarifando porque el abogado del club no hubiese acudido a la cita para revisar delegaciones. Minutos más tarde, cuando estas pudieron ser por fin verificadas, el cabreo fue de Tino Fernández, al que impidieron contar con las confiadas por Begano.

Ajenos al trajín, Pachi Dopico y Daniel Ramos intercambiaban gestos de camaradería, mientras a la puerta del pabellón se agolpaban más de un centenar de accionistas. La demora en el acceso se tradujo en una hora de retraso antes de que Lendoiro diera la sesión por iniciada.

«Un poco de educación»

Las miles de acciones delegadas desangelaron un tanto la cita, pero aún así, más de 230 personas se concentraron en Santa María del Mar. Entre ellos, una decena de radicales que quisieron convertirse en el centro de atención del acto y dejaron claras bien pronto sus preferencias. Abuchearon el primer discurso de Tino Fernández, al que después interrumpieron varias veces e incluso dedicaron un tímido cántico de «Tino no». Así siguieron toda la noche, hasta el punto de que algunos intervinientes, como Jorge Borrajo, reclamaron «un poco de educación» al grupúsculo ubicado en la grada.

Alborotadores que condicionaron esa y otras intervenciones con el beneplácito de Lendoiro, que incluso prohibió a Borrajo volver a dirigirse a ellos. Antes, José Iglesias Salorio, había tenido que reclamar el amparo de la mesa presidencial, para poder concluir su discurso, repetidas veces interrumpido.

La situación acabó en deriva similar a la habitual en las bancadas del Congreso. Aplausos o abucheos según el interviniente y su número de afines, mientras arreciaban las llamadas desde el púlpito instando a «no dividir al deportivismo».

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