Carta al presidente del Gobierno


Cuando en octubre del 2019 tuve la satisfacción de dirigirme a usted desde la tribuna del acto de entrega del Premio Fernández Latorre sentí como un honor personal reconocerle toda mi consideración, mi afecto y mi solidaridad con la costosa misión que tiene que desempeñar en defensa de España. En aquella ocasión, cuando celebrábamos la edición número 61 del galardón que lleva el nombre de mi abuelo, el fundador de La Voz de Galicia, y es ya uno de los más antiguos y consolidados de la prensa, tuvo la gentileza de aceptar mi invitación a copresidir la celebración, aunque en el último momento lo impidieron los deplorables acontecimientos que se desencadenaron en Cataluña.

Entonces dije en mi discurso lo mismo que le reitero en esta carta: «Como se puede ver en el periódico, y como hemos constatado en nuestras conversaciones privadas, no es necesario compartir todas las ideas para poder entendernos. Y reconocernos no solo respeto, sino la máxima consideración». Con este espíritu le escribo. Me enorgullezco de él. Y es lo primero que quiero expresar hoy, cuando vivimos en España horas tan graves.

Miles y miles de personas están sufriendo en los hospitales o en sus hogares una enfermedad devastadora, que amenaza con causar la mayor catástrofe de la historia reciente de España; 47 millones están responsable y pacientemente recluidas en sus casas, y prácticamente la economía de la nación se ha paralizado, como no había ocurrido ni en los mayores desastres vividos por nuestro país. La situación no puede ser más dramática ni más preocupante. Lloramos las víctimas mortales y nos ahoga pensar cuántos se están arruinando estos días. Tememos el crecimiento del contagio y sentimos como una calamidad el dolor de todos los que se ven obligados a pasar el confinamiento en soledad, abandonados a su suerte y sin el calor de nadie. No se puede configurar escenario más demoledor.

Sé que es usted absolutamente consciente de esto, y que se ha tomado como misión personal dirigir la respuesta a la gran amenaza que asfixia al país. Toda la población, bien lo ve, se ha puesto a sus órdenes, sin reparar en este momento en si coincide con su posición política, ni juzgar si toma o no decisiones precipitadas. Pero, por esa razón, por la fidelidad de todos los habitantes a quien rige los destinos de España, es necesario exigirle también recíproca correspondencia.

Son los ciudadanos quienes sufren las durísimas condiciones de reclusión que se han impuesto. Son las empresas, los trabajadores y los autónomos los que se juegan inesperadamente su pervivencia. Son la salud y la economía de todo el país los que se pueden perder para años o para generaciones. No son los partidos políticos. No son los repartos de poder. No son los juegos de intrigas, ni las traiciones, ni las utopías revolucionarias que llevan el germen de la destrucción del sistema; es decir: de la convivencia.

De todo lo que nos ha sobrevenido en estos quince días de situación insólita, lo más inexplicable, lo más difícil de argumentar y de entender, es ver que una parte del Consejo de Ministros intenta aprovechar la debacle para hacer su propia guerra ideológica. Una guerra en la que intentan asaltar el BOE para imponer políticas tan fracasadas como las nacionalizaciones y la expropiación de empresas, y en la que se identifica a los emprendedores y a los empresarios como el enemigo. ¿No era el virus el enemigo?

Cuanto más imponen sus exigencias, más irreconocible aparece el PSOE con el que hemos convivido, y con el que todos los españoles han colaborado, tanto en el Gobierno como en la oposición. Un partido indispensable en la política española, centrado y preparado, aparece condicionado por los vaivenes que imponen quienes han usado el sectarismo allí donde tuvieron un bastón de mando. Ya usted mismo había advertido de que sería insoportable gobernar con quienes someten la Constitución a sus intereses, llaman régimen a la gesta democrática de la Transición y son incapaces de pronunciar con orgullo la palabra España.

La política no puede ser solo cuestión de aritmética, de sumar escaños sin mirar qué traen dentro. También tiene que serlo de ideas y proyectos. Compartidos. Y este, lo vemos todos los días, no es el caso. Basta observar al Gobierno. No es lo mismo un partido que respeta la democracia que otro que la utiliza; uno que busca el bien ciudadano que otro que propugna el antagonismo de clases; aquel que persigue la convivencia en prosperidad y el que intenta triturarla.

Tal diferencia es más ostensible hoy. Y más insostenible, como se observa tras cada Consejo de Ministros, donde una fuerza minoritaria -cuarta en número de escaños- intenta actuar como en los tiempos del partido único.

Quizá sea difícil encontrar el concepto de lealtad en política, pero en este caso es inexpugnable, porque cada paso lo aleja más. Como se alejan sus socios, por mucho que invoquen su herencia, del sentido de Estado que tenía aquel PC con el que yo conviví en tantos años de trabajo.

Más posibilidades de entendimiento tiene su partido con otros que están a distancia de su ideario, desde luego, pero no ponen en cuestión los valores constitucionales, defienden la convivencia democrática, propugnan la cooperación y soslayan el enfrentamiento. Es cierto que a la oposición, que encabeza el PP, no le está sobrando altura de miras, y a veces vemos pésimas actuaciones en sus representantes. Quizá confundidos por la inercia electoralista, no son capaces de asumir plenamente su responsabilidad. Deberían entender que este no es el tiempo de la confrontación, sino del compromiso. Porque a ellos también les atañe.

Como les atañe a todas las comunidades autónomas, que deben ofrecer cooperación y recibirla. Esta no es una crisis de territorios, sino de ciudadanos, y, si nunca se puede entender que prevalezcan aquellos sobre estos, mucho menos ahora en que todos deben ser atendidos por igual. Los gobiernos autonómicos, con las competencias transferidas desde hace décadas, son los que luchan en primera línea, y requieren el apoyo de la Administración central sin diferencias. Del mismo modo que, sin excepción, deben ser leales al Gobierno, el Gobierno debe serlo, también sin excepción, con ellas.

Aún hay mucha solidaridad que echar en falta. Como ocurre en la Unión Europea, que, en una situación límite como esta, se olvida de las dos palabras que forman su nombre. No solo están amenazadas la salud y el trabajo en España y a escala mundial. También algunos valores que creíamos distintivos de la civilización y propios de Europa están en riesgo de fracaso, como se ha visto en la última cumbre de jefes de Gobierno. El sálvese quien pueda en lugar del luchemos juntos.

Por eso, en estos tiempos de grave peligro para el futuro del país, con la amenaza de un rescate europeo que nos empobrecerá para veinte o treinta años, y que usted admirablemente rechaza, es más necesario que nunca un bloque parlamentario que fije claras tres prioridades: la salud, la economía y la superación del separatismo. La salud exige sacrificio; la economía, valentía, y el separatismo, toda la firmeza.

Si mira al arco parlamentario, enseguida discernirá quién hace suyo ese ideario y quién no. Y si mira a la calle, encontrará un pueblo cumplidor y expectante, que quiere unidad para superar todas las crisis que se nos vienen encima y salir a la plaza pública a abrazarse. No quiere una sola guerra ideológica más.

Desde el respeto y la consideración que te tengo, presidente, vuelvo a desearte todo el éxito. Es urgente que aciertes. Mañana puede ser tarde.

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