Guía para superar el problema de la impuntualidad

Llegar a tiempo a los sitios es cosa de los británicos, el resto del mundo desconoce la hora exacta de las citas


Redacción

Lo primero, suprimamos de esta información a los ingleses. Ellos viven en un mundo aparte y hacen real lo impensable: llegar siempre a la hora establecida a la cita. Da igual el momento del día, el lugar, la meteorología -probablemente lluviosa- o la tipología del evento concertado, ellos llegan con tiempo ayer, hoy, mañana y eternamente. Quizás sea que su capital, Londres, cuenta con unos de los relojes más famosos del mundo, el Big Ben, pero ellos aparecerán a su hora o antes de tiempo. El resto de los mortales, mientras tanto, nos tenemos que conformar con ajustar las manecillas o retrasar cinco minutos el reloj para poder llegar de forma puntual a la cita. ¿Que por qué llegamos tarde? Nadie lo sabe, lo único claro es que en nuestra sociedad está más que aceptado, no así en países anglosajones y algunos europeos. Manía, costumbre, defecto extendido... por ahora las opciones son múltiples, pero ningún estudio de esos que descubren hasta el aspecto más recóndito e impensable de la rutina humana ha sido capaz de dar respuesta única a esta complicada cuestión. Algunas investigaciones lo que sí han hecho es establecer una serie de patrones que siempre se repiten, como, por ejemplo, el gusto a posponer los asuntos pendientes así como dificultades en la atención o el control.

Y así el mundo se divide entre aquellos que llegan tarde los primeros y aquellos que llegan tarde siempre los últimos. Pero, al final, como una mantra que se repite a lo largo de las décadas la impuntualidad es la mejor característica que nos define. Eso sí, lo único en claro de esta curiosa afición es que cuando alguien nos espera con cara de malas pulgas por el retraso, siempre tenemos en la manga una excusa: que si el tráfico, que si una llamada de última hora... la cuestión está en echar balones fuera. No somos capaz de llegar a la hora, pero sí de tener preparada una buena evasiva para evitar la bronca de turno. Como lo primero para superar un vicio es reconocerlo y decirlo en voz alta, repitamos todos juntos: «siempre llego tarde, soy un impuntual». Con esta fase superada, ¿qué podemos hacer para superar este mal? La lista de consejos es tan interminable como veces hemos llegado tarde.

En el que parece que coinciden todos los expertos para superar la impuntualidad es en calcular el evento como si se produjese quince minutos antes. Así siempre se jugará con un cierto margen de maniobras para evitar las tradicionales excusas del tráfico u otros quehaceres rutinarios. La opción de poner múltiples alarmas también es aconsejable. Para los casos más extremos, baraja la posibilidad de llenar la casa o la oficina con pequeñas notitas o post-it para así recordar las citas e intentar llegar a tiempo.

Si este método tampoco es efectivo porque no logramos engañar al subconsciente, lo mejor es adelantar el reloj. Para que funcione al 100 %, la clave es pedírselo a alguien y que lo haga por el tiempo que considere oportuno. Así desconocerás el margen de maniobra del que dispones.

Otro factor a tener en cuenta si eres de los que no tienes reloj colgando en tu muñeca porque te agobia ver el paso del tiempo y eres un impuntual de la vida, hay que evolucionar: cómprate ya un reloj. Aprovechando las nuevas colecciones de accesorios, como la de El Corte Inglés, puedes hacer con el compañero ideal para dejar de ser impuntual. Tanto para ellos como para ellas, el modelo de Adidas en blanco aportará un toque deportivo, mientras que los de Calvin Klein o de Swatch añadirán al look un punto informal y gracioso. Para ellas, la elegancia llegará de la mano de las versiones de Georgia Fossi o de Lexington de Michael Kors.

Si así con uno de muñeca tampoco logras triunfar, un reloj en cada habitación de la casa será la elección. De esta forma tan curiosa, le estaremos mandando al subconsciente un mensaje de presión y evitar así la temida y recurrida impuntualidad. Eso sí, ojo, todos deben marcar la misma hora. Porque al final, ya sean cinco, diez, quince, veinte o treinta, la impuntualidad es una plaga que hay que erradicar.

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