Los terribles de la moda

No solo Galliano con su apología nazi ha sido portada de los medios por hechos lamentables al margen de su oficio. La polémica persigue a los grandes diseñadores.


El mundo de la moda no siempre es tan bello como se muestra en las pasarelas y los carteles publicitarios. Detrás de una imagen de perfección idealizada trabajan miles de personas de carne y hueso, y el propio negocio no sería nada sin ese disfraz de márketing que pocas veces tiene que ver con la realidad. El ejemplo más claro se ha vivido en las últimas semanas con el despido de John Galliano de la casa Dior por insultos antisemitas. El artista que ha dado fama a la firma con sus extravagantes, lujosas y elegantes creaciones fue grabado mientras proclamaba: «Amo a Hitler». En una terraza parisina el creador espetó a un grupo: «Gente como ustedes estaría muerta hoy. Sus madres, sus antepasados, estarían todos gaseados». La trascendencia del asunto ha sido tal que el diseñador de Gibraltar (de nombre de pila, José Antonio) se ha ido al paro.

Pero aunque escabrosa como pocas, esta no es la primera polémica que envuelve a los grandes diseñadores. Ya en el 2004 se habló de los comentarios racistas de Tommy Hilfiger, que declaró en el programa de Oprah Winfrey: «Si yo hubiera sabido que afroamericanos, hispanos, judíos y asiáticos comprarían mi ropa, no la hubiera hecho tan bonita». El detalle quedó en simple rumor porque tanto la presentadora como el diseñador lo desmintieron, pero la sombra del racismo quedó latente sobre esta firma que en Nueva York vende a precios de risa, comparados con España, porque, según algunos, «la visten los negros».

Esta etiqueta se ha trasladado también a firmas de cosmética, y así el gigante francés L?Oréal fue condenado por «racismo» tras discriminar a mujeres árabes y asiáticas, a las que no consideraba aptas para vender sus champús. La empresa, que defiende el eslogan «porque tú lo vales», se vio salpicada meses después por otros escándalos: primero por usar pestañas postizas con Penélope Cruz y después por blanquear excesivamente la piel de Beyoncé para anunciar uno de sus tintes. Esta misma acusación rozó a la revista Elle por unas portadas con la actriz india Aishwarya Rai y la estadounidense Gabourey Sidibe demasiado pálidas. Y es que, al parecer, no todo el mundo aprecia la belleza en todas sus formas y colores...

Demasiado delgadas

Racismos aparte, la anorexia ha sido un reclamo común por parte de firmas que han retocado el cuerpo de sus modelos en carteles publicitarios o han pedido figuras casi enfermas para sus desfiles. Hace dos años Karl Lagerfeld cargó contra las voces que pedían modelos con más curvas, afirmando que las críticas a las delgadas respondían a envidias. El alemán argumentó que la moda es un mundo de sueños y afirmó textualmente: «Todas las mujeres que critican a las modelos por estar demasiado delgadas son unas madres gordas que se pasan el día sentadas en el sofá devorando patatas fritas sin pensar en nada más».

Fue Calvin Klein quien en los años noventa lanzó la delgadez extrema como ideal de belleza, aún vigente. Encumbró a Kate Moss, pionera de las modelos ultraflacas que trataron de imitar jóvenes de todo el mundo, y provocó la indignación generalizada. La modelo argentina Valeria Mazza fue rechazada por Gianfranco Ferré por el ancho «excesivo» de sus caderas, y poco después Claudia Schiffer decidió adelgazar ocho kilos al verse destronada por la británica Stella Tennant, ejemplo de mujer transparente en su extrema delgadez.

Otro caso sonado fue el del español David Delfín, que en el 2002 presentó una colección con un escandalosa puesta en escena en la que, en un ambiente de casi oscuridad, las modelos desfilaban con unas capuchas y sogas al cuello. O el de Franc Fernández, que se hizo conocido después de diseñar un vestido para Lady Gaga realizado con filetes de carne cruda.

Sexo, machismo y drogas en publicidad

Que el sexo vende no es novedad, pero algunos anuncios han pasado de llamar la atención a ser directamente retirados. Ocurrió con uno de Tom Ford que mostraba a una chica mordiendo el dedo de un hombre de un modo sexualmente explícito para anunciar unas gafas. Sisley la armó con su campaña Adictas a la moda, en la que dos chicas muy delgadas aparecían esnifando los tirantes de una camiseta, y en la publicidad de Dolce&Gabanna es recurrente ver a mujeres sometidas a las órdenes y deseos masculinos. Y no menos polémico fue Armani, que utilizó a niñas de 6 años vestidas como adultas (con sujetador incluido) para promocionar su línea infantil.

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