La balada de Buster Scruggs: todos los westerns, el western

La película de los Coen estrenada en Netflix es una antología del "far west" por capítulos


Sufre este film de los Coen, planteado como antología del far west en seis episodios, el mal del cine de episodios. Como película de sketches, hay un inevitable desequilibrio entre las microhistorias de La balada de Buster Scruggs, en las cuales se despliega toda la guardarropía de la causa: duelos, salón, partidas de póker, atracos al banco, ahorcamientos con guiños a Sergio Leone, indios guturales, circos de freaks desmembrados que recitan a Abraham Lincoln en Gettysburg, a Shakespeare o a Percy Shelley. Buscadores de oro, caravanas hacia Oregón, diligencias en la noche.

Podríamos preguntarnos si este totum revolutum aporta en esencia algo nuevo a esa cima negrísima del western que los Coen alcanzaron con Valor de ley. Eviten la inviable comparación. Celebren todo lo que merece la excentricidad loquísima del capítulo que abre fuego, un delirio lisérgico con Tim Blake Nelson memorable en su parodia de los cowboys cantantes del cine de los años 30, como una emanación surrealista y macabra de un Gene Autrey con licencia para matar mucho mientras baila sobre tumbas como un cartoon enloquecido de Chuck Jones. Y gocen de la colosal belleza de la quinta historia, la de las verdes praderas y la historia de amor con perrito neurasténico. Los cuatro sketches restantes no están a esa altura, pero muchas veces late en ellos el toque febril coeniano. Ahórrense ?eso sí? el tributo empalagoso a Tom Waits en plan padre coplillas.

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