El cine de Hollywood se alimenta de la televisión

Los intérpretes de series copan los estrenos de la gran pantalla mientras las estrellas buscan ficciones por capítulos

Claire Foy durante la presentación en Venecia de «First Man»
Claire Foy durante la presentación en Venecia de «First Man»

santiago / la voz

Es una sensación perturbadora. Sentarse en la butaca y en el primer fotograma, descubrir que Mr. Robot ha mutado en Freddie Mercury. Un Freddie Mercury formidable. Que los primeros representantes de Queen son Meñique, que, por sibilino, es el peor villano de Poniente, y el republicano irlandés de Downton Abbey que se convirtió en un aristócrata acaudalado. Que el abogado y posterior manager hace horas extra en El infiltrado.

Es una sensación turbia. Y cada vez más frecuente. Joe Castleman, que duerme junto a una portentosa Glenn Close en un timo cruel a la par que inteligentemente diseñado, se hacía llamar el Gorrión Supremo hace relativamente poco. Su yo más joven es el Targaryen menos carismático. En la última de Spike Lee, Adam, el novio de Hannah Horvath (Girls), Tom Keen (The Blacklist) y Heath (The walking dead) se han colado en el reparto. La cuestión filosófica que surge sosteniendo las palomitas mientras ves como Isabel II ha dejado Balmoral para ser la esposa de Neil Amstromg es simple: ¿Qué está pasando?

«Antes, traballar na televisión era como asumir que eras un actor de segunda», explica el investigador de la USC Luis Ogando. Solo hay que recordar las primeras grandes series de esta tercera edad dorada de la televisión: El ala oeste de la Casa Blanca y 24. Martin Sheen y Kiefer Sutherland. Ambos actores que ya no tenían éxito. Estaban olvidados.

Hoy, ocurre exactamente lo contrario. Los intérpretes televisivos «dan o salto ao cine como mostra da calidade das películas». Tener en el reparto a Bryan Cranston (Walter White), a Peter Dinklage (Tyrion Lannister), a Jon Hamm (Don Draper) o a Elisabeth Moss (June Osborne) «é sinónimo de calidade» en las grandes producciones cinematográficas. Ogando solo saca a relucir un dato: el Óscar a mejor actriz de reparto lo ganó Allison Janney, una actriz de televisión - C.J. Cregg en El ala oeste de la Casa Blanca-.

Tanto han cambiado las cosas que incluso se está dando el efecto contrario. Los grandes nombres del estrellato hollywoodiense ahora quieren el pequeño formato. Solo hay que pensar en Big Little Lies, con Reese Whiterspoon y Nicole Kidman que en la segunda temporada incorpora a una leyenda viva de la interpretación: Mery Streep, que ha sido siempre actriz de gran formato.

Amazon Prime acaba de estrenar Homecoming, una serie que protagoniza otra de las mayores estrellas cinematográficas vivas, Julia Roberts, que hace el papel de una terapeuta que trabaja con militares. «Os actores de cine agora fan televisión como exemplo de traballo de calidade», explica el investigador de la USC.

La lista es ya larga. Muy larga. Aunque ahora defenestrado, Kevin Spacey se labró un nombre con Seven o American Beauty, pero el personaje que lo encumbró fue el villano definitivo: Francis Underwood, el pérfido presidente de House of Cards. Claire Danes, que inició una prolífica carrera en el cine a mediados de los 90, se pasó a la televisión en el 2010. Sus gestos serán para siempre los de Carrie Mathison, la protagonista de Homeland. Drew Barrymore se convirtió en Sheila en Santa Clarita Diet. Jude Law es El joven papa y el elenco de Feud: Bette and Joan es de infarto: Jessica Lange -una de las protagonistas de American Horror Story- y Susan Sarandon, al que se suman apariciones de Catherine Zeta-Jones y Kathy Bates.

«É un proceso que vai a máis», vaticina Luis Ogando, que pone el acento en Big Little Lies, «que acelerou o proceso. Creo que sobre todo actrices que non tiñan moitos papeis no cine que as estimularan cren que na televisión si que poden ter ese tipo de papeis». Porque la televisión se ha convertido en el refugio creativo, en ese mundo libre en el que todavía se pueden hacer cosas más allá de los corsés hollywoodienses.

Directores y guionistas

Esa migración no solo se da en el ámbito interpretativo. «Creo que moitos directores e guionistas se pasaron á televisión porque lles dá moito máis campo de manobra que no cine». El propio Aaron Sorkin -El ala oeste de la Casa Blanca, The Newsroom- antes de pasarse a la televisión era guionista de cine. Allan Ball, escribió American Beauty y fue después el creador de A dos metros bajo tierra True Blood. Sam Esmail, el creador de Mr. Robot Homecoming, había hecho cine.

También en España la profesión cinematográfica está mirando hacia la televisión como una apuesta por la creación de calidad. Alberto Rodríguez y Rafael Cobos artífices de películas como La isla mínima y El hombre las mil caras, son también quienes han dado vida a la Sevilla del siglo XVI. Enrique Urbizu, que fue director y guionista de No habrá paz para los malvados, acaba de estrenar en Movistar+ Gigantes, la historia de una saga familiar feroz y de su patriarca, José Coronado, que lucha por mantener el control.

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