Miriam de «OT 2017», mi caballo de carreras


Admito que no he visto ni un solo programa de Operación Triunfo desde que Rosa, Bisbal y Chenoa lograran reunir a las familias españolas alrededor de un televisor las noches de los lunes. Estoy bien informado de que, contra todo pronóstico, esta edición está logrando cuotas de audiencia impensables para unos tiempos en los que toca repartir el pastel en tantas porciones; y no solo eso, sino que también soy plenamente consciente de que ya no está bien visto menospreciar el programa equiparándolo a una factoría de juguetes rotos, y que la última moda es verlo y comentarlo sin miedo al qué dirán los censores de la corrección. Sin embargo, no he tenido la suerte. A ver si para la próxima edición. 

El caso es que sin ver ni un solo programa me han pedido que escriba unas líneas sobre Miriam, una de las finalistas. Sin duda, mi favorita. Mi caballo de carreras. Porque es la única gallega que queda viva (también estoy al tanto que recientemente eliminaron a mi vecino de Os Tilos, Roi, alias Sapoconcho), pero especialmente por su coraje y valentía. Tiene un sueño, que es vivir de la música, y no parará hasta conseguirlo.

En la España en la que los jóvenes se emancipan cada vez más tarde (media de 29 años), nuestra Miriam decidió que nada más cumplir la mayoría de edad estaba preparada para dejar su pequeño y noble pueblo de apenas 8.000 habitantes en la desembocadura del Eume en busca de una oportunidad en Madrid en el dificilísimo mundo de la música. Y eso es lo que hizo. Recién sopladas las velas, metió toda la ropa que pudo dentro de una maleta y agarró su guitarra abandonando la zona de confort -si es que puede emplearse esta expresión para una chica de 18 años- para perseguir su sueño. Por supuesto, nada de vivir de papá y mamá. Para pagar el prohibitivo alquiler de un piso en la capital española consiguió un trabajo a media jornada en el Zara de Princesa, fuente de ingresos que se encargaba de complementar con algún pequeño papel en la televisión y tocando en el metro. «Es donde empezaron todos los grandes», me decía.

Miriam me contó su historia cinco semanas después de su llegada a Madrid, coincidiendo con su primer regreso a Galicia en un viaje en Bla Bla Car. Como todos los que vivimos fuera, tenía ganas de ver a su familia y a sus amigos, y de volver a saborear un buen plato de comida casera. Me contaba que todavía no estaba del todo instalada, porque hasta el momento había dedicado sus ratos libres a patear todos los bares del centro en busca de una oportunidad para cantar. Mi lado más cabal, incluso sin conocer siquiera ni el timbre ni el color de su voz más allá de los tímidos tarareos con los que se atrevía con alguna canción conocida que sonaba en la radio, me invitaba a pensar: «La de portazos que se va a llevar en los morros. Pobriña». Pero por otra parte pensaba: «Qué valiente. Admirable. Triunfará en cualquier otra cosa».

Yo iba al volante. Me acordé de cuando tenía 18 años, solo con una única preocupación: aliviar la resaca y esperar a que se pusiera el sol para volver a salir. Me temblaron un poco las piernas. Y eso que en Bla Bla Car soy embajador, la puntuación más alta. Pero es que caray; 18 años. 

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