Memorias de una reina en crisis

La tensa relación de Isabel II y Felipe de Edimburgo marca la segunda temporada de «The Crown», compuesta por diez episodios que Netflix estrena mañana

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redacción / la voz

La primera temporada de The Crown se despidió dejando atrás a una Isabel Windsor principiante en las labores y obligaciones monárquicas. Desde entonces ella es ya tan solo Isabel, la reina. En esa nueva posición de su trayectoria vital se reanuda mañana la serie The Crown, con una segunda entrega que incorpora al catálogo de Netflix otras diez horas de televisión de lujo.

La superproducción británica de la plataforma norteamericana, Globo de Oro a la mejor serie dramática, sigue adelante con el detallado guion biográfico de Peter Morgan que recorre, sin reparos, las interioridades que se esconden en la jaula de oro del palacio de Buckingham y que se tejen entre los acontecimientos históricos de Gran Bretaña, ahora entre finales de los cincuenta y principios de los sesenta.

El primero de sus diez capítulos arranca con la crisis del canal de Suez y la desastrosa gestión llevada a cabo por el primer ministro británico Anthony Eden, sucesor de un Churchill al que se añora como personaje en las nuevas entregas. En ellas se reflejan cuestiones como los inicios de la carrera espacial o el caso Profumo y desfilan personajes como John Fitzgerald Kennedy (interpretado por Michael C. Hall) y su mujer, Jackie, llegados directamente desde Camelot.

Pero el gran peso de la narración recae ahora en las propias crisis internas de la soberana británica, a las que el espectador se asoma de nuevo a través de los ojos y los gestos sutiles de Claire Foy. La actriz ofrece otra interpretación sublime de un personaje público forjado en la contención más absoluta, como una diosa que ni se mueve ni respira. Foy aborda por última vez esta recreación de la reina (la sustituirá Olivia Colman en las temporadas 3 y 4) como una mujer que se debate entre su papel de poderosa regente y el de jefa de un marido que nunca se resignó a que la casa real británica no llevara su apellido, Mountbatten. El patriarca de la familia se siente infravalorado y superado en rango por su hijo de ocho años, el príncipe de Gales.

Felipe, duque de Edimburgo, es enviado por la reina a un largo viaje en solitario de cinco meses para inaugurar los juegos olímpicos de Melbourne, pero el periplo no logra zanjar su profunda crisis matrimonial en un contexto en el que no hay margen para el escándalo ni para el error.

Claire Foy aborda por última vez un personaje forjado en la contención más absoluta Muy revelador, a la vista de los acontecimientos familiares que vendrían después y que la serie narrará en su momento, es ese gabinete de crisis marital en el que se concluye que los escándalos amenazan con socavar la institución y que las posibles salidas al alcance de cualquier otra pareja les están vetadas por su posición. El divorcio «no es una opción para nosotros, jamás», subraya la reina. Ella lo cumplió, pero no sus descendientes.

Otra de las facetas que se explora es la de Isabel II como madre, una figura distante que da las buenas noches a sus hijos con frialdad y diligencia para que el servicio los acueste. También como hermana que debe volver a lidiar con las relaciones de Margarita, marcada todavía por la obligación de renunciar a su matrimonio con Peter Townsend, el hombre al que amaba.

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