Callejeros yihadistas

«Los yihadistas de la puerta de al lado» no solo anticipa a uno de los asesinos del London Bridge, muestra cómo el extremismo se pasea sin complejos por las aceras de occidente y cómo los musulmanes moderados son dobles víctimas


Redacción / La Voz

Ahora nos paramos en este callejón para grabar un vídeo en el que clamamos contra los infieles. Luego gritamos contra la democracia ante una comisaría. Y repartimos panfletos radicales junto a mujeres enfundadas en niqab. Después, rezamos en un parque con la bandera del Daesh. Más tarde nos concentramos pidiendo que se aplique la sharia en todo el país. Y también podemos reírnos en casa viendo ejecuciones mientras cenamos. No es Raqqa, en Siria. Es el Reino Unido. Y es lo que muestra Los yihadistas de la puerta de al lado, el documental de Channel 4 emitido recientemente por Antena 3. El reportaje, estrenado en enero del 2016, fue repescado porque en él salía Khuram Shazad, uno de los asesinos del London Bridge. Pero lo más inquietante no son las fugaces apariciones de Shazad, es comprobar cómo los extremistas campan a sus anchas aprovechando la libertad de su país y la indiferencia de los ciudadanos. No sirve el tópico de que el Daesh duerme en el patio trasero. Es que se pasea por la acera a plena luz del día desafiando a los transeúntes. En este documental, los únicos que se encaran con ellos en plena calle son musulmanes moderados, algunos de ellos increpados por los fanáticos a la salida de una mezquita, personas que llegan a decir ante las cámaras: «Aquí está el Isis. Ellos son del Isis». Son el contrapunto en esta especie de callejeros yihadistas, el new normal. Seguramente sean ciudadanos doblemente estigmatizados, insultados por los dos extremos. Probablemente no muy distintos de las víctimas atropelladas a las puertas de la mezquita de Southall.

Los programadores de Antena 3 fueron hábiles incluyendo este programa en su parrillas. Aunque la presentación es un tanto engañosa, con un periodista de la cadena sentado ante un ordenador como si el propio canal hubiera tenido algo que ver en la producción del documental. El reportero que ha entrado en el círculo de extremistas acompaña de la mano al espectador. Está ahí, compartiendo el día a día de estos hombres que se consideran mensajeros de una única verdad. Le comentan cómo cuidan su barba con crema de aceite de oliva para tenerla lustrosa y también le indican en qué parque organizarán las ejecuciones cuando se imponga su ley. A veces el tono parece de tragicomedia. El periodista está siempre. Pregunta, cuestiona, acompaña. Aunque fuera de plano. No se emborracha de protagonismo, como otros que salen en cada escena y que, pese a su loable iniciativa y valentía, con la omnipresente primera persona acaban convirtiendo los dramas ajenos en hazañas propias. El horror de un país en guerra pasa ser: «sí, mírame, estoy aquí, con un par, arriesgando el pellejo».

El documental no ofrece un retrato tan heroico del periodista. Pero queda claro que ha navegado entre las tinieblas cotidianas, esas que se van oscureciendo. El hombre que al comienzo del reportaje les enseña las banderas integristas en su trastero acaba siendo un ejecutor de Daesh.  

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