¿Por qué todo el mundo está hablando de «Por 13 razones»?

Es la serie más comentada en Twitter en lo que va de año. Varios institutos canadienses han prohibido a sus alumnos hablar de ella. «Glamuriza» el suicidio. «Muy explícita». «Irresponsable»


El 31 de marzo, Netflix estrenó Por 13 razones (13 Reasons Why). No había pasado ni un mes cuando Twitter reveló que la serie producida por Selena Gómez era ya la ficción más comentada de todo el año. En solo tres semanas, la red social había registrado 11 millones de consideraciones, críticas, reflexiones, bofetadas y aplausos en forma de tuits sobre Hannah Baker, su suicidio y los motivos que la llevaron a hundir con firmeza en sus jovencísimos antebrazos una cuchilla de afeitar.

«Ponte cómodo, porque estoy a punto de contarte la historia de mi vida. Concretamente, las razones por las que mi vida se terminó. Y si estás escuchando esta grabación, eres una de esas razones». Cruda, tan arisca, así arranca y avanza a lo largo de 13 episodios -uno por cara, uno por motivo- la adaptación televisiva de la novela de Jay Asher, una controvertida lección sobre el bullying, el abuso sexual y el suicidio, pero también sobre el revenge porn, el abismo generacional y la complejidad de la amistad femenina, la familia y la identidad. Sobre la culpa y ese efecto mariposa que la protagonista evoca una y otra vez: «El batir de las alas de una mariposa puede provocar un huracán en otra parte del mundo». Cuida tu tono, controla ese gesto. Sé amable -desliza entre líneas la historia de Hannah Baker-. Sé responsable. Hay vidas a tu alrededor, algunas más frágiles que otras.

Y con tanto, y con tan delicado, hay carrete para rato. El debate de Por 13 razones, ni ha menguado ni se ha enfriado. ¿Cuál es la amenaza? ¿Dónde está concretamente el problema? ¿De qué se quejan unos y a qué se aferran los otros, defensores de lo necesario de su discurso?

(Ojo, a partir de aquí el texto contiene spoilers)

Suicidio explícito

Sí, Hannah Baker se quita la vida. Y no lo hace precisamente detrás de una cortina ni a puerta cerrada. Por 13 razones, tan franca desde el primer momento, no escatima detalles en la incómoda escena que pone el broche a la ficción: vemos a la joven sumergida en una bañera llena de agua, la mirada perdida; y vemos la sangre, la herida abierta; vemos cómo pierde el conocimiento, a su madre descolocada cuando la encuentra, a su padre roto de dolor. La cámara no tiene piedad. No se desvía. Firme, consecuente. ¿Tendría que haberlo hecho? ¿Debería haber sido más elegante, más considerada, esquivar el procedimiento, la acción?

Representar el horror de lo que sucede era precisamente su objetivo. Que, de ninguna manera, pudiese resultar atractivo, defiende Asher, autor de la novela en la que se basa Por 13 razones (y que, curiosamente, reserva para Hannah un final más optimista que en la televisión). «Trabajamos muy duro para que no resultase gratuito, pero queríamos que fuese doloroso de ver porque queríamos dejar muy claro que no hay nada que merezca la pena en el suicidio», apunta Brian Yorkey, creador de la serie. Los argumentos, sin embargo, siguen sin convencer a los tozudos detractores del proyecto, que si por algo están preocupados es especialmente por la exposición gráfica del momento. 

Indignados con lo descarado de la imagen, miembros de asociaciones relacionadas con trastornos del comportamiento, pero también usuarios independientes, ajenos a cualquier colectivo, argumentan en las redes sus particulares razones: advierte de lo manifiesto del momento la actriz Shannon Purser (Barb en Stranger Things) -«Hay escenas muy gráficas que podrían desatar recuerdos y sentimientos dolorosos. Por favor, protegeros»-, carga contra lo generoso de esta escena también Jaelea Skehan, del Hunter Institute of Mental Health: «Sabemos gracias a la investigación que descripciones detalladas y retratos del suicidio y de los métodos están asociados con un incremento de la angustia y del riesgo de suicidio entre aquellas personas vulnerables»

Apología. Banalización. «Glamurización» del sucidio

Es esa necesidad de protección a la que remitía la actriz Shannon Purser la razón por la que el suicidio es, históricamente, un tema «escondido» en los medios de comunicación. No se habla de él. Se esquiva, se trata desde la distancia. Responde este silencio al «efecto Werther» (más conocido como efecto contagio), acuñado por el sociólogo David Phillips en 1974 tras observar, entre 1947 y 1968, que el número de suicidios se disparaba con cada noticia que el New York Times dedicaba a este tipo de muertes.

Consideran los expertos que las personas vulnerables pueden sentirse empujadas, inspiradas, si reciben con frecuencia este tipo de informaciones. Recomiendan, así, un cuidado especial en la redacción de las noticias sobre estos casos: omisión de elementos personales que puedan generar compasión, rechazo a la idea de que el suicidio sea la solución a los problemas. Bien. He aquí la piedra en el zapato. Los que no se han ofendido por el foco en este tema -por la impresión que produce que Hannah se desvanezca ante el espectador- sí lo han hecho por el trato que, en su opinión, se le da a su decisión. Las críticas más feroces denuncian que la ficción de Netflix no sigue las guías básicas para tratar el suicidio propuestas por el National Institute of Mental Health, que elabora una elegante oda al acto deliberado de provocar la propia muerte, lamentan que la protagonista planifique detalladamente su final con el objetivo de hacer sentir mal a los que la rodean y que culpabiliza a los demás de una decisión de la que, en definitiva, la única responsable es ella misma.

Los creadores de la serie, sin embargo, tienen la lección bien aprendida para rebatir todos y cada uno de estos argumentos, y así lo hacen desde la web oficial de Por 13 razones, donde despliegan una práctica guía, con sus pertinentes explicaciones que, además, enlaza a diferentes centros e instituciones de ayuda. Tampoco dudan los espectadores satisfechos con el resultado final: la sociedad necesita hablar de ello, los conflictos que conducen a que una persona llegue a plantease esta salida como única vía de escape deben ser desplegados sobre la mesa, diseccionados. Todos los institutos del mundo -claman los adeptos a la ficción- deberían instaurar como visionado obligatorio la historia de Hannah Baker.

¿Eran suficientes las alertas de Netflix? 

A estas alturas, no debe quedar nadie en el mundo que no sepa qué es lo que se va a encontrar si decide enfrentarse a Por 13 razones. Pero si resulta que uno está muy perdido y no ha escuchado hablar de la controvertida ficción, pronto Hannah Baker le alertará, con su voz en off, de lo que le espera a continuación. Es posible que haya quien, ni aún así, se imagine la dureza del relato. Netflix se encarga por eso, en sus tres episodios más descarnados, de alertar al público de escenas violentas y agresiones sexuales. Pone sobre aviso a su audiencia de que con lo que deberá lidiar en los siguientes 60 minutos ni será agradable, ni mucho menos amable. Y sin embargo, parece que no es suficiente. La plataforma acaba de informar de que sumará un mensaje de advertencia previo al arranque de la serie y de que el texto de los avisos ya existentes será todavía más contundente: «Hemos puesto más énfasis en los mensajes y el lenguaje de los avisos existentes para los episodios explícitos».

 Prohibido hablar de «Por 13 razones» en los institutos

Que el tema del suicidio se atraganta está claro -¿sería distinta la reacción, menos feroces las llamas, si en el último momento la vapuleada protagonista decidiese que la vida sí merece la pena?-, pero Por 13 razones transita por muchos otros lugares enquistados en esa mala edad de los que poco se habla o, si se habla, se hace tan superficialmente que resulta imposible tomárselo en serio. Porque lo cierto es que una de cada cinco universitarias estadounidenses fueron víctimas de agresiones sexuales en el último año y que dos de cada diez alumnos sufren bullying. Hannah se sale de ese estereotipo de víctima de acoso escolar. Es guapa, es sociable, es popular. Y aún así la humillan. La ningunean. La vacilan. La llaman zorra, puta. Ventilan su intimidad, de teléfono en teléfono. La cosifican, la utilizan. Y ahí es donde hay que rascar. En el modelo y en el que no lo es. En la periferia.

A pesar de ser el centro de la diana, Hannah no es la única que esquiva acometidas en esa jungla que es el instituto y que tan bien refleja esta historia. A su alrededor orbitan complejos personajes, cada uno con su ración de insatisfacción, con su nudo en la boca del estómago. Problemones como casas de grandes -familias desestructuradísimas, abuso de alcohol- y problemones discretos, a menudo ignorados -rumores, descontento, falta de confianza y autoestima-. Y mientras una buena parte del mundo estima que es más que imprescindible arrojar luz sobre todas estas dificultades, obstáculos a menudo disimulados, y aplaude la propuesta de Por 13 razones, otros prefieren seguir mirando hacia otro lado. 

En Canadá, los institutos empiezan a tomar medidas al respecto. Los padres de los alumnos de la Escuela Primaria St. Vincent de Edmonton, de Alberta, han recibido un correo electrónico de la dirección del centro en el que se les comunica la prohibición de mencionar la serie mientras estén en el centro educativo.  «La discusión que se está desarrollando en la escuela es preocupante -reza el comunicado-. Esta serie está clasificada como 'adulta' y el tema es el suicidio de una estudiante de secundaria». Explican a los progenitores que la ficción incluye «violencia gráfica (violación) y gore, alcohol, drogas y escenas aterradoras e intensas». También en Ontario se han puesto en guardia. La Junta Escolar del Distrito de Hamilton-Wentworth responsabiliza a la serie de mostrar una visión «glamurosa» del suicidio y una perspectiva negativa de los profesionales de ayuda psicológica, y el School Mental Health Assist, de la misma provincia canadiense, envió una circular a los profesores para que no recurriesen a la serie como material educativo. Que de lo que no se habla, ya se sabe, no existe.

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