Mis padres eran espías comunistas


La realidad muchas veces supera a la ficción. Incluso a una de las grandes series de televisión de la actualidad, la prestigiosa y más que recomendable The Americans.

Esta producción cuenta la historia de una aparentemente modélica familia estadounidense en la era Reagan, cuando Washington y Moscú libraban la sorda Guerra Fría. Los Jennings, que tienen dos hijos, parecen los vecinos perfectos. Pero padre y madre esconden un terrible secreto: no son americanos, nacieron en Rusia y son en realidad espías soviéticos, de la tenebrosa KGB.

Esta trama es el punto de partida de una serie apasionante. Una parecida acaparó la atención de los lectores del diario The Guardian hace unos días. El antiguo periódico británico, hoy un medio global, publicó un artículo titulado «El día que descubrimos que nuestros padres eran espías rusos». Contaba una gran historia. La de Donald Heathfield, Tracey Foley y sus dos hijos. Vivieron el sueño americano hasta que toparon con el FBI. Su irrupción en una fiesta familiar -el vigésimo cumpleaños del primogénito- causó un terremoto en la vida de los dos hermanos. 

Los dos pelotones de agentes iban equipados como para arrestar al sucesor de Bin Laden o al líder del Estado Islámico. Y portaban un arma demoledora: la verdad. Sus padres eran espías a sueldo de Vladimir Putin. Y ellos eran rusos. Sus vidas saltaron por los aires. Sin dinero. Sin patria. Tuvieron que reinventarlas en Moscú. Habían vivido una gran mentira.

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