La resaca

Beatriz Pallas ENCADENADOS

TELEVISIÓN

El consumo desaforado de televisión se está convirtiendo en una peculiaridad de estos tiempos y sus consecuencias, en una de esas absurdas tragedias cotidianas del primer mundo. Días antes de la Super Bowl, circulaban en Estados Unidos estudios sobre su repercusión en la jornada laboral del lunes. El absentismo se daba por hecho. Diez millones de personas, según los cálculos, faltarían al trabajo tras dar aviso previo a su empresa, mientras que otros siete millones acabarían recurriendo a una indisposición de última hora.

Como fenómeno global, las competiciones deportivas gozan de un bula especial para la flexibilidad horaria que no poseen otras artes del entretenimiento. Pero la ingestión masiva de series a demanda puede cambiar las cosas. La barra libre de las plataformas de pago genera una adicción a la que es difícil sustraerse. Netflix ya bromea con ello ofreciendo a sus abonados un justificante para explicar las ojeras en el trabajo. Con su sistema de estrenar temporadas completas y encadenar los capítulos por defecto, ha podido confirmar sus sospechas sobre la incontinencia del público. La plataforma tiene acreditado incluso qué capítulo de cada de serie marca el punto de no retorno a partir del cual el espectador ya no podrá dejarla. Pero los resultados del atracón también generan sintomatología propia. La aflicción y la melancolía se instalan en el devoto que concluye una temporada y afronta el vacío hasta el estreno de la siguiente.