«Salvados» retrata la injusticia de Jánovas, un pueblo acosado por las hidroeléctricas

Se les obligó a abandonar sus casas para construir un embalse que nunca se llevó a cabo


Cuando los desahucios todavía no eran un habitual entre las noticias del día a día, el pequeño pueblo de Jánovas fue completamente desbaratado. Una dictadura los expropió, la democracia les hizo el vacío y ha tenido que ser Jordi Évole y sus Salvados los que den voz a una comunidad formada por hasta tres generaciones que han tenido que vivir la injusticia en primera persona.

La historia de Jánovas es la de la inmoralidad. La de un pueblo atropellado, víctima de los abusos y tropelías de la dictadura. Pero también del olvido del sistema democrático y de la influencia de las poderosas compañías eléctricas. Sin embargo, la historia tiene otra cara. La de la lucha de unos pocos vecinos. La de «David contra Goliat» tal y como explica Évole.

Jánovas, una recóndita localidad situada en el Pirineo aragonés, fue enteramente desahuciada hace 55 años. Corría el año 1961 y el régimen franquista e Iberduero colocaron a este pueblo en el centro de la diana al decidir que su terreno era el ideal para la construcción de un gran pantano.

Fue entonces cuando Goliat se topó con David. Fueron muchas las familias que se resistieron a salir de sus casas, a reescribir unas vidas que habían discurrido en paz de la mano de su pequeño pueblo en un lugar nuevo. Su resistencia se alargó incluso hasta mediados de los años 80. Veinte años en los que la familia Garcés, la última en abandonar de forma definitiva Jánovas, tuvo que observar con horror, las triquiñuelas y las terribles prácticas a las que estaban dispuestos a recurrir las hidroeléctricas para conseguir su objetivo.

Forzados a abandonar e imposibilitados a no volver, los desamparados habitantes tuvieron que ver cómo sus casas, construidas a lo largo de toda una vida y llenas de los recuerdos que sus pequeñas historias habían ido dejando, eran dinamitadas. Acosados y expulsados con violencia por la Guardia Civil a lo largo de las décadas de los cincuenta y de los sesenta, los valientes que se propusieron resistir, se toparon de frente con las escandalosas muestras de poder y de influencia de las empresas hidroeléctricas. Iberduero (hoy en día conocida como Iberdrola), concesionaria de la explotación, y las fuerzas de seguridad de la época son retratadas por los antiguos habitantes como «sanguinarias». Como ejemplo, una historia. A pesar de la prohibición de la inspección provincial de Huesca de clausurar la escuela del pueblo mientras hubiera niños estudiando en ella, Iberduero decidió cerrarla por su cuenta y a mediados de los sesenta, un operario de la compañía derribó la puerta para sacar a patadas y con violencia a la maestra y pequeños que en ella resistían. Los que resistieron narran su tormento: Iberduero les cortó la luz, los accesos al pueblo e incluso llegaron a arruinarles las cosechas.

Y todo para nada. Medio siglo después, el embalse sigue sin construirse.

Y nunca lo hará. En el año 2001, después de que las movilizaciones no sirvieran de nada y que la última de las resistentes familiar cediera a abandonar el pueblo, un informe sobre el impacto ambiental del proyecto y la nueva normativa europea fulminaron definitivamente el embalse. El 2005 sería el momento en el que de manera oficial se desestimara por completo el proyecto, para que, tres años más tarde, el Ministerio de Medio Ambiente publicara la extinción de las concesiones de los saltos hidroeléctricos.

La historia de Paca pone la guinda. Lo suyo es el ejemplo de la mayor tropelía. Con 86 años, y más de 40 de lucha a las espaldas, esta anciana se niega a volver a su pueblo. Su derrota es el ejemplo de la injusticia. Su hijo resume la historia con una frase: «Nos echaron para hacer un embalse, y si lo hubieran hecho nadie estaría reclamando nada». Y Évole va más allá: «La gran batalla la ha ganado Goliat pero David está fuerte».

La historia de Jánovas no es un hecho aislado. Hay más Jánovas desperdigados por España y no hace falta irse muy lejos para encontrar el primero. En Galicia, Serrapio también fue víctima.

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