Geopolítica eurovisiva

TELEVISIÓN

09 may 2014 . Actualizado a las 11:03 h.

Eurovisión es un festival rancio y hortera que hace mucho tiempo que dejó de tener sentido. Pero ahí sigue, año tras año, para gozo de aquellos que serían incapaces de vivir sin su dosis anual del «Royaume-Uni, deux points» y del «Spain zero points». La edición del 2014 tiene un interés especial. Y no es la actuación de Ruth Lorenzo. Sino comprobar si el conflicto de Ucrania resquebraja las alianzas tradicionales que deciden quién gana la competición. También averiguar quién recibe más apoyos: ¿Moscú o Kiev? A las rusas las abuchearon en la semifinal. ¿Pasará lo mismo el sábado en Copenhague?

Habría que preguntarle a los eurofans, que son como los entrenadores de bar. Conocen de antemano quién va a ganar, a quién va a votar cada país y por qué. Como los entrenadores de bar, tienen un punto débil: confían en que el representante español pueda sorprender y ganar. Y luego, como ocurría siempre con la selección de la furia, cuando llega la decepción, se rasgan las vestiduras, apostatan de su fe eurovisiva y piden dimisiones y reformas que nunca llegarán: Eurovisión parece eterno e inmutable. Solo cambia, como los poderosos a los que retrató Di Lampedusa en El Gatopardo, para que nada cambie.