Tacho González: «Desde enero he bajado 35 kilos... ¡Son los recortes!»

Lleva once temporadas como Sindiño en «Padres Casares», un papel entrañable que se ajusta a su personalidad. Pero Tacho González, casado y con tres hijos, se desvela como un tímido seductor que se ha propuesto un gran cambio físico


César Tacho González (Vilagarcía, 1961) guarda en la timidez de sus ojos azules su arma de seducción masiva. Habla con la serenidad de los cincuenta ya cumplidos y como el maestro de doblaje que es, con las pausas imprescindibles para protegerse de la risa que le brota igual que su arroutado carácter, sin avisar. «Son los aires de la ría que llevo en los genes, en general soy un tipo tranquilo, como Sindiño, pero cuando me da la vena se me va la fuerza por la boca», aclara. Tacho es ya Sindiño, el personaje que lleva interpretando desde hace once temporadas en «Padre Casares» y «todas las que haga falta», porque la serie sigue arrasando igual que el primer día. Un éxito más que se suma a la dilatada carrera de Tacho González, que ha combinado su faceta de presentador (A repanocha, Son de estrelas...) con la de actor de cine, televisión y de doblaje.

-Como siga adelgazando, va a ser verdad que se vea como Daniel Craig en James Bond.

-A lo mejor encajo ya más por edad con Sean Connery [risas], pero sí, desde enero he bajado 35 kilos. ¡Son los recortes! ¡Todo sea por levantar Alemania! Y espero adelgazar otros 20 hasta principios de año.

-¿Ha hecho alguna dieta conocida: la Dukan, la de la alcachofa, la del cucurucho [risas]?

-Nada, nada. Yo he peleado con mi gordura desde niño, pero había llegado a cotas excesivas y peligrosas. Encontré a un médico, el doctor Filgueira, que dejó de gritarme. Es además amigo y solo me miró y me dijo: «Tú, ¿qué?». Y empecé a tener visiones de la gente repartiendo ya mis discos y mis libros, mi único patrimonio... Ha sido cuestión de salud, pero no hago dieta, como de todo cinco o seis veces al día, y se acabaron las cervezas. Los kilos me estaban llevando la vida, me costaba subir las escaleras y, la verdad, me apetece jugar de vez en cuando una pachanga con mi hijo de 12 años.

-Así que ese mito del gordo feliz es falso.

-Totalmente. Yo estaba incómodo conmigo mismo. Deseando, como decía uno, sacar al delgado que todo gordo lleva dentro.

-Pero le ha condicionado en todo, también como actor.

-Sí. Yo espero que mi cambio físico me ayude a abrirme a otros personajes. Voy a pasar de ser un tipo gordo a uno grandote... Y sí, me condicionaba en todo, para una pachanga y para otras cosas... [risas]. Hay una secuencia en Padre Casares en ese sentido en la que rompo una silla con mi mujer en la ficción.

-¿Rompe muchas sillas?

-¡Dos o tres diarias [risas]! ¡Mi suegra me va a matar!

-O su mujer, que no le encaja [risas]!

-Sí, sí.

-Entonces, ¿su pérdida de peso nace también de una necesidad de cambio?

-Sí, pero eso es más por vanidad. Estoy encantado con mi papel de Sindo, ojalá haya muchas más temporadas y le ganemos en longevidad a Luar, pero ¿por qué no hacer de mafioso en Matalobos o lo que toque? Dentro de un año a lo mejor tengo otro tipo de registro. Pero sí, aquí tengo esa imagen entrañable, la gente en la calle me dice: «¡Ay, quién tuviera un marido como tú!».

-Gordo o no, le tocan siempre las guapas de la televisión.

-¡Ya me gustaría que me tocasen! Sí, es verdad que he tenido suerte. ¡Hasta estuve casado con Elsa Pataky!

-¿Con quién se entendió mejor?

-Presentando con Diana Nogueira y Beatriz Manjón, son muy especiales. Y estoy encantado de tener a mi lado en la serie a Patricia Vázquez.

-Maneja usted bien las armas de seducción. A lo tonto a lo tonto...

-Siempre he tenido armas para hacerme con la chica, pero al final era ella quien se hacía conmigo y el que lo niegue miente como un bellaco. ¡Todos somos Sindiños! Tengo recursos, labia, simpatía, una cierta culturilla, pero como no te echen el ojo, nada. Las presas somos nosotros. Soy más una pieza a cobrar que cazador.

-Empezó en esto por casualidad. ¿Sigue considerándose un actor en formación?

-Sí, yo aprendo mucho de mis compañeros. Me he curtido a base de tortas, pero mi amor por el cine y la tele me ayudó mucho. Porque en esto, como oí una vez, vale copiar. Y yo he tenido la suerte de haber empezado doblando, entre otros a Al Pacino o James Stewart. Y me empapé con sus interpretaciones. Aunque no me gusta nada el doblaje que se está haciendo ahora, el de locutor, como Constantino Romero.

-Explíquese.

-Tanto doblar como subtitular es estropear la obra. Lo ideal es controlar el idioma, pero prefiero que alguien me ponga una buena voz intentando ser respetuoso a que me metan un pegote de letras amarillas con el que me pierdo. Pero doblar hay que hacerlo respetando. No como la última de Clint Eastwood, en la que él tiene en el original una voz rota, y en España la oyes con esa voz [imita a Constantino Romero] que parece que está vendiendo colchones Lo Mónaco.

-¿Sigue dejándose un pastón en ropa?

-Sí, soy coqueto y a estas alturas ya sé que os gustan limpitos. Hice solo doce días de mili, pero estudié a fondo las reglas del enemigo [risas].

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