Arranca el Festival de Ortigueira más heterodoxo y mestizo

Miles de «folkies» se apearon ayer de trenes y buses para llegar al abarrotado pinar de Morouzos.


ortigueira

Estampa curiosa es ver multiplicarse por doce la población de Ortigueira (como ya parecía suceder ayer, en el primer día del festival celta) sin que las empedradas calles ofrezcan el agobio de una ciudad en hora punta. Cosa extraña que igual explica aquella canción en la que una mujer, de nombre Marta, tenía un marcapasos que le animaba el corazón. Porque la villa de Ortigueira también fue bautizada en su día como Marta, sólo que con el santa delante. Y debe de ser por esa coincidencia de nombres que, desde que el certamen folk campa a sus anchas, la sensación de que ese trozo de tierra pegado a la ría posee un extraño artefacto capaz de suministrarle vida y paz a la vez es constante. Pero no. Las únicas máquinas que llegan a Ortigueira son los innumerables ferrocarriles de vía estrecha (Feve), autobuses, furgallas de colorines de los ochenta y hasta bicicletas a rayas que dejan el pueblo sembrado de folkies. Ayer la marea humana comenzó a ser gigantesca. Lo era por la mañana, cuando las cajeras de los supermercados pedían a gritos descanso mientras despachaban kilos y kilos de provisiones; seguía por la tarde, cuando los malabares apenas dejaban paso en las calles, y hacía explosión por la noche, en la primera de las cuatro grandes veladas. Y es que, aunque Morouzos seduce tanto que son muchos los que no mueven sus huesos del cámping hasta finiquitado el festival, los conciertos siguen siendo visita obligada para una buena porción de festivaleros cuerpos. Así sucedió ayer. El primer día se saldó con un seguido espectáculo de danza, que hizo válida la apuesta por diversificar contenidos que define esta edición del certamen. La zona cero comenzó a poblarse mucho antes de que los bailarines tomasen el escenario. A él deberían subirse horas después grupos como Dominic Graham School of Irish Dance, cuyas componentes paseaban por la mañana con identificativas camisetas de su grupo y un inglés «con acento de alá fóra», como dijo un hombre que les vendió alimentos. También formaban parte del cartel los franceses Lous Tchancayres y las locales Gamelas y Anduriñas, jóvenes pandereteiras y bailarines que hicieron malabarismos con panes en la cabeza. La guinda al pastel la pondría una Nova Galega de Danza de músicos y bailarines que derrochan innovación con Engado, Ilusionistas de a pé. Algunos se atrevían a decir ayer que «hay mucha gente, pero aún no es el Ortigueira de verdad». Desde hoy al domingo se sabrá si tenían razón.

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